Treinta años no es nada

Treinta años no es nada

—Quise tener hijos, pero no pude: esa fue una de las razones del divorcio —cuenta Raquel Ulrich y de pronto coagula la mirada en ese instante remoto en que su vida cambió para siempre. Sentada en un banco sobre la calle Echeverría, a la vuelta de la tradicional Iglesia redonda de Belgrano, dice que espera a la dueña del puestito de flores de enfrente. Aunque ya van dos horas, hace un frío tremendo y la amiga no aparece.

Tres décadas antes, su ex marido, Fernando Taragano, un médico psiquiatra, la dejó por su secretaria, después de once años de noviazgo y matrimonio. “Hacía tiempo que estaban juntos. Al principio, pensé que andaba con un Adonis, pero no: se fue con la gorda Silvia”, dice Raquel remarcando el adjetivo con amargura masticada.

Aunque no vive en la calle, Raquel parece de la calle y a los 59 años es todavía muy bella. Ni las primeras arrugas, ni el cabello entrecano, ni la ropa insólita y sucia —medias blancas en sandalias desvencijadas, chupín negro y un raído sobretodo de hombre— llegan a apagar una hermosura que debió haber sido infartante. Cada dos por tres, los ojos azules o grises o verdes se le achinan y una risita ingenua descubre el silencioso trabajo que han hecho las caries.

“Silvia me llamaba por teléfono a casa pensando que yo no sabía quién era y me decía: ‘¿Sabías que tu marido está con su secretaria?’. Y claro que sabía”, recuerda. Para vengarse, Raquel empezó a lanzar la ropa de Fernando desde el balcón del dos ambientes que compartían en la calle Ugarte, esquina Cabildo. La tiraba de un lado y del otro de la vereda, para que al médico le costase más recuperarla. Hoy, jura que las agresiones siempre fueron verbales, hasta ese día en que él levantó una mano y entonces te vas.

Raquel nació en Córdoba capital. De jovencita le gustaba mucho escribir poemas tristes: Presiento tantas cosas/ presiento que se acerca el fin de mi vida/ que puede llamarse dolor o dicha/ presiento que de mí se alejan tantas cosas. En su provincia, también formó parte de un grupo de música, Comunidad Ocho, hasta que se avivó de que Juan Carlos, uno de los integrantes, pasaba las letras de ella como propias. No volvió más.

En 1977, con menos de veinte años, se vino a Buenos Aires escapando de “los líos del Cordobazo, la milicada y las desapariciones”. No sabía que llegaba al centro del caos político del país; qué importaba aquello si acá vivía Fernando, a quien había conocido poco tiempo atrás. Fueron sus mejores días: recorrieron tres meses el sur con la mochila al hombro mientras se juraban amor eterno. A la vuelta, ella trabajó en una marroquinería, como inspectora del gobierno de la Ciudad y en un geriátrico que puso a medias con el médico; parte de su sueldo lo mandaba a Córdoba para ayudar a su familia.

Cuando Fernando se fue, de a poco se diluyeron también muchas otras cosas: el trabajo, las ganas de viajar, la pasión por la escritura. La plata mensual que el ex marido empezó a pasarle fue cada vez fue menos, hasta que dejó de llegar. Entonces, él quiso el divorcio, se casó con la gorda Silvia y “ya tuvo dos chicos”. La mujer relata ese capítulo de su vida y otra vez pareciera que el tiempo fuera a coagularse. Pero no:

—¡Mirá! ¡Le puso curitas al auto! —suelta de pronto y se ríe con ganas, porque por Echeverría pasa un coche con el paragolpes fijado con cinta adhesiva.

Raquel dice que espera a su amiga, pero lo que más hace es maravillarse con todo lo que ocurre alrededor: cuenta los perros del paseador que cruza la calle, señala un balcón repleto de ropa colgada, llama “aparato” a la señora muy Belgrano, tapado negro, bufanda roja y calzas celestes que dobla la esquina. Hay algo de niña en esa forma de mirar.

—Lo que pasa es que yo no me adapto al mundo ni el mundo se adapta a mí.

Sin trabajo y sin pensión, Raquel empezó a subalquilar el departamento de la calle Ugarte. Los inquilinos los traía el hijo de la portera. “La mayoría eran putas, pero nunca tuve ningún problema”, recuerda. Fueron todas mujeres, menos el último: “Le tenía confianza, hasta que una vez subí y lo encontré en el baño con el hijo de la portera. No dije nada, pero me puse a pensar en mi departamento que siempre fue sacrosanto”. Poco después, también echó a ese único otro hombre con el que convivió. Desde principios de año anda sola y, sin otra fuente de ingresos, ya debe varios meses de expensas y punitorios.

—¿Y qué vas a hacer ahora, sin plata ni inquilinos?

Se toma un rato antes de responder.

—No sé. Por ahora estoy viviendo; antes no tenía muchas ganas de vivir pero volvieron. Quiero sentir el cuerpo: el frío, el calor, las cosas. Lo otro viene por añadidura— responde con su risita pícara y señala un sol de otoño que al mediodía todavía no llega a calentar las calles de Buenos Aires.

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