TODOSLOSDEDOSELDEDO

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No sé de dónde salió esta manía, pero me acuerdo bien de la primera vez: tenía dieciocho años, una mochila verde militar, una guitarra al hombro y algunos pesos en la billetera. Llegamos a Tucumán con Goyo, un amigo de la facultad, después de un interminable viaje en tren desde Buenos Aires. Preguntamos por la ruta para Tafí del Valle y así, como si nada, empezamos a caminar.

La gente piensa que viajar a dedo es muy difícil, pero son todos prejuicios. Solo hay que seguir dos instrucciones muy sencillas: tomar un colectivo hasta las afueras de la ciudad y buscar algún punto donde los coches pasen despacio; puede ser una rotonda, una estación de servicio, un peaje, un puesto de la policía caminera. Después es cuestión de sacar el pulgar y tener paciencia.

Ese julio tucumano hicimos todo lo contrario pero nos salió bien. Arrancamos en el centro, haciéndole señas a cualquiera que pasara y, de a uno o de a dos o de a tres kilómetros, nos levantó primero un camión, después un auto, después otro y así, hasta que al final paró una chata que iba directo a Tafí.

Cada persona tiene su propia definición de la libertad.

La mía: estar tirado en la caja de esa camioneta roja —el sol invernal de mediodía estallando en la cara, el caracoleo interminable de la ruta, el río encajonado al fondo del valle— y abandonarse al run run hipnótico del motor que se escucha un poco más fuerte cada vez que hay una cuesta.

No creo que esta condición sea contagiosa pero estoy seguro de que no tiene cura, porque ya envejecí muchos julios y no afloja ni un cachito; al contrario: crece. Y entonces fantaseo con volver a algún pueblo que conocí tiempo atrás mediante las indignas formas del transporte público. En mis fantasías vuelvo bien, como corresponde, a dedo.

Es que no importa si el destino es la costa bonaerense, la Patagonia, el Norte, o si estoy en un país cuyo idioma desconozco por completo; me da igual si acabo de bajarme de un avión, si la noche anterior no pude pegar un ojo y estoy muerto de cansancio, si va a largarse el diluvio universal dentro de cinco minutos o si ya oscureció y no tengo idea de dónde voy a dormir. Cuando veo una banquina la sangre se me atolondra y la panza me vibra alocada. Soy como un adolescente que —por fin— está a punto de verle la cara a Dios: borracho de lujuria, me pongo insoportable y dejo de escuchar razones. Lo único que quiero es darle rienda suelta al ritual: pararme bien erguido de cara a los coches, extender el brazo derecho al máximo con cierta cuota de dramatismo (los momentos épicos siempre son dramáticos), apuntar el pulgar al cielo y esbozar una sonrisa calculada con precisión milimétrica. Luego: entregarme a la pasión desenfrenada de la espera.

Yo sé que esta manía a veces causa indigestión.

Hay novias que se enojan, hay amigos que critican y en las reuniones familiares nunca falta el que mira de reojo. Deben pensar que lo hago de rata, para ahorrarme unos mangos, y seguro que se mueren de ganas de gritarme socarronamente que el pasaje a Rosario cuesta solo 250 pesos, que hace rato quedaron atrás mis mozos años jipis. Para ellos soy un demente, un vago, un cabeza dura. O peor: un bohemio. Y alguno hasta se atreve a decir: —¡Qué divertido, campeón! Se lo vas a poder contar a tus nietos.

Disculpen señores, pero a mí me ne fregan mis nietos. Lo que ocurre es bastante más primitivo: un día, en Tucumán, camino a Tafí del Valle, en la caja de una camioneta roja, me brotó de las entrañas algo que andaba escondido en los siglos de los siglos y salió a los apurones y sin pedir permiso. Un llamado imposible de rechazar, un cacho de código genético, una verdad revelada de la especie.

No soy el único y, al fin de cuentas, no tiene nada de extraño: cuando las cavernas y el miedo al trueno y los dioses paganos, la excusa para no andarse quietos era la sequía y la excusa para conversar era el calor del fuego. Los hombres caminaban a pie desnudo escapando del sol crujiente, y a la noche se sentaban alrededor de la lumbre para contar y escuchar historias. Con los rascacielos y el miedo al átomo y los dioses digitales, la excusa para moverse son las vacaciones, y la excusa para reunirse, un mate caliente. Los hombres conducen autos y camiones y camionetas y algunas veces, de pronto, algo les brota de las entrañas, algo escondido en los siglos de los siglos que sale a los apurones y sin pedir permiso. Un llamado imposible de rechazar, un cacho de código genético, una verdad revelada de la especie. Entonces, sin pensarlo, clavan los frenos con un chirrido y estacionan como pueden sobre la banquina. Bajan la ventanilla del vehículo, asoman la cabeza, se dan vuelta y con la mirada turbada pero brillante preguntan: —¿A dónde vas?

Están listos para contar y escuchar historias mientras el paisaje se deshace en movimiento.

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