Todo sobre mi madre

Todo sobre mi madre

Te imagino una mañana, en la mesa de la cocina, sola, frente a unos pocos rayitos de sol, sumergida en tus cuadernos, y al lado un café con leche que ya no humea, pero qué importa, si acabás de encontrar el sustantivo que aparea perfecto con ese verbo. El gato blanco duerme en su rincón y vos celebrás tu hallazgo mirando por la ventana el jardín repleto de plantas. A pesar de todo, pensás, la vida naufraga en una belleza infinita.

Estarás escribiendo versos sobre tu infancia en la guerra, sobre Italia, sobre Lorca, o, quizás —sobre todo quizás— le andarás inventando otro nombre al meteoro salvaje que en seis décadas te acertó tres veces —Pedro, Gustavo, Oscar— pero siempre terminó con tu corazón masticado por los perros. La poesía, en cualquier caso, tiene esa manía piadosa de cobijarnos del universo.

Dentro de un rato comenzará el día en serio y ocultarás tu profesorado en letras detrás de una sonrisa, detrás de un mostrador, para ofrecer botones o medias o agujas o cintas a señoras paquetas del barrio, con la justa humildad del panadero que hunde sus manos en la misma masa desde el principio de los tiempos.

Me detengo un instante allí, cuando intento describir tu mundo partido en dos, y me paralizo, porque miro a mi alrededor y veo que es la mañana temprano, que hay una mesa, que hay un café con leche frío, que hay un balcón repleto de plantas y entonces me pregunto, con los huesos tiritando, mamá, si con la sangre se heredan también los mismos miedos.

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