Salir de Sicilia

Salir de Sicilia

Cada vez que voy a empezar un viaje a dedo –no importa si es corto o largo- me despierto con una energía particular. Será esa cosa de tentar la fortuna que moviliza al jugador -siempre piensa que tarde o temprano va a ganar-, será la idea de conocer personas y paisajes al azar, será que nunca pierdo la fascinación por las travesías; ni bien abro los ojos sé que la jornada va a ser diferente. Y no falla.

Esta vez amanecimos en Palermo, en la casa de un amigo chileno donde estuvimos un par de días conociendo la caótica capital siciliana y la punta noroccidental de la isla. El destino final –con algún desvío en el medio para visitar parientes- era York, una ciudad inglesa, bastante más al norte que Londres. Más de tres mil kilómetros y seis países antes de entrar en la tierra de Darwin, según el recorrido elegido: toda Italia, Eslovenia, Austria, Alemania, Bélgica, Francia. El tiempo apremiando un poco porque en York íbamos a hacer housesitting y unos dueños nos esperaban, ansiosos por irse de vacaciones. El día era fijo, así que había que llegar sí o sí. Para viajar a dedo no conviene estar limitado por el tiempo ya que el azar desafía todas las leyes de la temporalidad: hay veces que en cinco minutos se consigue un viaje de quinientos kilómetros y otras veces pasan horas y horas antes de lograr desplazarse apenas hasta la ciudad siguiente. No era entonces el clima ideal para pedir pasaje pero fuimos confiados en que siempre –de una forma u otra- se llega.

En el sur de Italia -Campania, Calabria, Sicilia- habíamos comprendido en serio el peso de la italianidad en la cultura argentina, especialmente en la porteña: el origen de muchas de nuestras grandes virtudes y también de nuestros peores defectos. Italia meridional está tan al sur que por momentos parece descolgarse del mapa y del estereotipo de esa Europa primermundista que camina –no tan- firme y –no tan- segura hacia el progreso y el bienestar social: los trenes y los buses se atrasan o se cancelan, los semáforos están de adorno, la inseguridad existe y también la mugre y el desorden y los gritos y la avivada que, aceptémoslo de una vez, no se inventó en Buenos Aires. Y con eso también todo lo otro hermoso que despliega la vida en un contexto menos reglado y más tradicionalista y familiero: la entrega total una vez que se rompió la desconfianza primera, el cariño incondicional, la preocupación sincera por el otro, la propensión a establecer vínculos valiosos y duraderos.

* * *

Salir de Sicilia se volvió mucho más difícil de lo que imaginábamos.

Habiendo llegado con quince minutos de anticipación a la zona donde teníamos que tomar un bus que nos iba a llevar a una rotonda para sacar el pulgar en dirección Messina, no hubo forma ni medio –y eso que preguntamos a varias personas distintas- de conocer el lugar exacto de la parada. Y cuando lo conseguimos era tarde y el bus ya se había ido. Hubo que esperar otro –y perder sesenta minutos que a la mañana temprano, cuando hay muchos vehículos circulando por la ruta, son preciosos. No era la primera vez: en los días previos y por distintas circunstancias –algunas debidas a la italianidad en nuestra sangre y otras a la italianidad del ambiente- habíamos perdido otros dos o tres buses o trenes.

Una vez en la bendita rotonda, que parecía ideal para conseguir viaje, no pasaron ni diez minutos antes de que por primera vez en casi cinco meses la policía nos echara con mala onda argumentando que era peligroso detenernos ahí. No nos quedó otra que volver unos metros y ponernos en un lugar que no sólo era mucho más inseguro sino que además totalmente incómodo para hacer dedo porque los conductores no nos veían o no tenían espacio para frenar. El sol pegaba fuerte y la temperatura andaba por encima de los treinta y cinco grados. Era el día más caluroso del verano siciliano.

Luego de esperar durante casi una hora nos levantaron dos chicos que nos alcanzaron hasta el primer Autogrill (estación de servicio/bar/comedor) –único lugar donde se puede hacer dedo en la autopista- desde donde, tras otra buena horita, nos llevó un furgón en el que viajaban tres italianas y dos brasileños hasta la entrada a Cefalù. La regla de oro para hacer dedo en Italia –en Europa en general- y avanzar una buena cantidad de kilómetros en el día es viajar de Autrogrill en Autogrill y nunca abandonar la autopista; las italianas nos habían dicho que antes de la bajada había otro puesto de servicios que nunca apareció y entonces no nos quedó otra que volver a salir de la autopista, aguardando que algún vehículo nos llevara hacia Messina o, al menos, hasta el siguiente Autogrill.

Después de otra larga espera, los ánimos empezaron a flaquear. Habíamos hecho todo bien: levantarnos temprano, ponerle onda, salir con ganas, confiar, sonreír, saludar hasta a los que no nos llevaban y… no había caso. Eran cerca de las cuatro de la tarde, estábamos otra vez fuera de la autopista en un paraje semidesolado y habíamos avanzado sólo unos cincuenta o sesenta kilómetros.

¿Era la isla que atentaba contra nosotros? Parecía hacer todo lo posible para detenernos, como si todavía nos hiciera falta conocer alguno de sus secretos más ocultos, alguno de sus caminos desconocidos. Estábamos en esas divagaciones cuando de pronto frenó S., un camionero que por segunda ocasión en la jornada nos ofreció pasaje a Catania –bastante más al sur de Messina y por una ruta que en principio no nos convenía, por lo que la primera vez habíamos desistido- asegurando que desde allí iba a ser mucho más fácil seguir camino. Encontrarse dos veces con alguien el mismo día en dos lugares distintos es algo bastante raro así que les hicimos caso, a S. y al destino, y nos subimos al camioncito.

* * *

Fue una buena decisión.

Gracias a ese desvío de unos cientos de kilómetros al sureste recorrimos una parte de Sicilia que no conocíamos y que resulto paradisíaca: la autopista serpenteando por el fondo de un valle rodeado de suaves lomadas de oro –campos de trigo ya cosechado-, rebaños de ovejas, vacas y cabras pastando libremente, pequeños pueblitos que aparecían de golpe aquí y allá recortados contra el cielo, todos de piedra y apretujados sobre algún precipicio, como formando parte del decorado. Y también el sol deshaciéndose en un atardecer inolvidable y la violenta felicidad de la ruta, de saberse rodando, metro a metro, hacia un lugar nuevo y desconocido.

Al fondo, como amo y señor de aquel paisaje, de todos los segundos y los animales y las leyendas, elevándose sobre el resto, sereno y convencido de su hegemonía eterna, con su boca que nunca deja de escupir humo y fuego, el Etna. Lo más impresionante no es encontrarse cerca de un volcán que está activo y que ruje; no, lo que quita las palabras y tiñe todo de solemne es su arrebatada majestuosidad, su presencia oscura, antigua e insuperable; la fiereza de sus tres mil trescientos metros que contrastan brutalmente con las bajas y mansas colinas que lo rodean, como si un poderoso gigante enterrado asomara apenas la cabeza de entre el tibio mar de trigo y pequeños riachos para dejar claro que su escala –temporal y espacial- no tiene nada comparable en su universo vecino.

Con ese grave escenario de fondo escuchamos, una vez más, las memorias de una vida.

* * *

S. tiene cincuenta y seis años y una mirada sincera que, cuando habla, dirige sin escalas a los ojos del interlocutor. Habla tranquilo, no se apresura, quizás porque la profesión le enseñó que tarde o temprano –aunque sea a sólo ochenta kilómetros por hora- se llega a todos lados. Con su camión reparte botellas de Coca por los Autogrills de Sicilia, a cualquier hora y en cualquier día. No hay domingos ni feriados, las rutas son siempre las mismas -la soledad arriba de la cabina también.

Cuando nos levantó en Cefalù ya llevaba más de dos días arriba del vehículo sin descansar. Las primeras veces que subís a un camión y escuchás al conductor decir que no duerme hace horas y horas, un poco la dudás. Te imaginás que en la primer curva vas a transformarte en un pedazo más de la banquina. Pero con los años y los kilómetros y los camiones, te acostumbras a transitar por un ratito esa vida salvaje, que es igual en Argentina, en Italia o en cualquier otro lugar del mundo. Una vida simple pero arriesgada, de hombres rudos y fuertes, hombres que duermen poco y fuman mucho y cuentan historias terribles como quien cuenta una simple anécdota cotidiana. Sin grandeza ni miseria.

S. perdió un hijo chiquito hace mucho tiempo –no nos quiso contar cómo, enseguida pasó a otro capítulo- y también, hace diecisiete años, perdió el trabajo de toda su vida. Era patrón y tenía una veintena de camiones, había empezado de cero y trabajado para eso sus buenos cinco lustros. Venía de acompañante en uno de sus vehículos, durmiendo. Quien manejaba era un empleado suyo. Por accidente, por cabecear, por distraído -¿qué importa ahora?- se fue directo contra un precipicio. El conductor logró abrir la puerta y saltar a tiempo, pero S. no se enteró de nada. Dos meses más tarde, despertó del coma en el hospital. Había sobrevivido a una caída de cincuenta y siete metros y el único recuerdo que le quedaba era una cicatriz que comenzaba en el centro del cráneo y zigzagueaba hasta la base de la espalda.

El empleado le hizo juicio. El Estado le hizo juicio. El dueño de la mercadería destrozada al fondo del barranco le hizo juicio. Sorpresa: la justicia no yerra solamente en Argentina. La pericia dictaminó que era S. quien conducía –el vehículo estaba a su nombre- y que había querido suicidarse (-Se me ocurren mil formas más inteligentes de suicidarme- nos dijo aquella tarde).

Para pagarle a todos se vio obligado a vender hasta el último de los camiones. Y empezó de cero, como al principio, pasando horas y horas arriba del camión de otro. Así lo encontramos nosotros, diecisiete años después. Vivir en la ruta es como vivir en la selva: hay que andar con los ojos abiertos, gambetearle horas al sueño, avanzar siempre. No mirar para atrás y no confiar en nadie. O en casi nadie.

* * *

S. nos dejó en un Autogrill unos pocos kilómetros después de Catania, sobre la ruta que va a Messina. Antes de irse nos obligó a aceptar una granita –juego congelado y molido- mezclada con té frío de durazno en el barcito del parador. Como no conseguimos otro viaje decidimos quedarnos allí. De la estación de servicio arrancaba el camino de entrada a un lujoso hostal de campo, rodeado de inmensas plantaciones de olivos y viñas. Fuimos a preguntar si nos dejaban tirar la carpa por una noche, entre los árboles, lejísimos de todo y de todos, sin molestar a nadie, para poder descansar mejor que entre el cemento y el movimiento de la estación de servicio.

-Mi dispiace, ma no- dijeron en el hostal.

De nuevo el contraste entre aquel que no tiene nada, o casi nada pero da todo o casi todo, y aquel que tiene todo y no está dispuesto a dar nada. Volvimos al Autogrill.

* * *

Mientras armábamos el campamento para una noche que no iba a ser fácil –calor, piso duro, ruido- miré de pronto hacia el oeste y entonces entendí por qué todavía no habíamos podido salir de Sicilia: había que pagar con una pernoctada a sus pies el tributo de admiración que exigía el señor de la isla. Ahí estaba el Etna, con su potencia incandescente que somete a la mismísima noche, tiñendo a las nubes cercanas de rojo, de morado, de sangre. Siempre presente, siempre activo, como un ojo embravecido que no descansa y nos recuerda a sus súbditos que en la tierra nos prestaron solamente un rato y vale la pena aprovecharlo hasta el último de sus segundos.

 

PODES LEER LA SEGUNDA PARTE DE ESTA CRONICA ACA: http://federicoacostarainis.wordpress.com/2014/09/18/salir-de-sicilia-ii/

5 comments

  1. Hola Fede me alegro de saber que están bien y que han recorrido tanto,no me conecto como antes , estoy por ser abuela nuevamente de parte de la China y como siempre con muchos y diversos problemas ,,pero superándolos con paciencia y perseverancia. Tu narración es fantástica !!! rica en datos , en imágenes ,se pueden ver los colores los personajes , quedé atrapada ….cuanto enriquecimiento personal les va a dejar esta experiencia , y me alegra saber , mejor dicho compartir el saber de que no somos los creadores del caos la des organización y afines. Una foto maravillosa!! no quiero imaginar estar frente a tanta magnificencia , esa naturaleza que nos recuerda que al final no somos ni tan dueños ni tan amos y que con esa fuerza desatada somos más que vulnerables.Gracias por contarnos tus aventuras de manera tan preciosa y rica en imágenes y pensamientos ,te mando mi cariño de siempre y hasta la próxima entrega besos y abrazos.

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