Salir de Sicilia II

Salir de Sicilia II

El día amaneció bonito, limpio y cálido, pero la suerte siguió esquiva. Estuvimos buscando viaje en el Autogrill cerca de Catania un buen rato y, finalmente, decidimos volver hacia la ciudad para llegar a Messina en bus o en tren. Eran menos de cien kilómetros hasta el estrecho -ahí donde Sicilia y Calabria se ven las caras a no más de tres mil metros, donde la punta de la bota italiana patea hacia el centro del Mediterráneo a la extraña pelota triangular que es Sicilia – pero no podíamos seguir avanzando a velocidad tortuga: Inglaterra estaba todavía muy lejos. La idea era aprovechar el embudo de intenso tráfico que se arma del lado calabrés, en Villa San Giovanni, donde los ferrys descargan tandas de vehículos a cada rato. Alguno tendría que ir hacia el norte y llevarnos.

Hasta Catania nos alcanzó G., en un Fiat completamente destartalado. Cuando le contamos que estábamos viajando desde hacía cinco meses y a dedo pensé que nos íbamos a estrellar. Es que el tipo giró la cabeza, me miró y se quedó así, tildado durante un rato, como estudiándome, mientras el auto seguía andando por la autopista. Por su expresión supuse que iba a decirnos que estábamos locos o algo parecido, como ya nos habían dicho varios a lo largo de nuestra travesía. Pero no.  -Ah,  ragazzi– largó al final con un suspiro, y por suerte volvió a mirar hacia adelante-, ¡es mi sueño!: agarrar mis cosas y viajar como ustedes. Quedarme unos meses acá y unos meses allá, conocer nuevos mundos. Pero tengo que juntar algo de plata.

Entonces nos contó sobre su trabajo, su street shop, como lo llamaba él –si bien los tentáculos colonizadores del idioma inglés se extendieron con voracidad por todo el mundo, no deja de ser sorprendente que en el caso italiano las palabras reemplazadas sean palabras bastante comunes: weekend, privacy, band, etc.

G. compra y vende carteras, riñoneras, billeteras, morrales, bolsos. Deja el auto a la vuelta de la estación del tren, arma una mesa con dos caballetes y una tablita y ahí expone la mercadería. En el camino por las calles de la ciudad nos señaló a muchos otros que hacían lo mismo: -Ese vende sandías, aquel vende ropa, y ese otro –lo saludo con la bocina, lo conocía- recipientes variados. Algunos ni siquiera montan una mesa: estacionan el auto de cola y ponen la mercadería directamente sobre el baúl.

-¿Pero la policía no los echa?- le pregunté- ¿o tienen papeles?

Recordaba como en varias ciudades –sobre todo en Francia y en España- habíamos visto vendedores callejeros con toda su mercadería expuesta sobre la típica manta: relojes, zapatillas, camisetas de fútbol, perfumes, juguetes, bolsos, cada vendedor especializado en un tipo de artículo en particular. Apenas aparece la policía, la manta se dobla en cuatro, se le hace un nudito y se la carga al hombro con todo el contenido adentro. Luego a buscar otro lugar para volver a abrirla o, si el lugar actual es muy bueno –hay tránsito, hay turistas- a esperar que la ley se haya retirado y probar suerte de nuevo.

La manta identifica al marginado. Al dos veces marginado: de los circuitos formales de intercambio por la mano invisible del mercado –esa que funciona para todos menos para los que no son ricos-, y de los circuitos informales de intercambio por la mano visible y armada de la policía –esa que funciona para todos menos para los que son ricos.

-Sí, la multa te la hacen, te anotan todo. Pero después ¿quién la paga? Nadie. Para vender en regla en la calle hay que pagar cinco mil euros al año. Es imposible, o estás en regla o sobrevivís.

Esa última frase encierra un estudio sociológico completo sobre el pueblo italiano.

* * *

En Italia la ley no es tan ley porque Italia es el reino de la corrupción. O al menos eso dicen la inmensa mayoría de los italianos. En tres meses no encontramos ni una sola persona que en los primeros instantes de una conversación sobre el país no hablara de la corrupción. Ni una sola.

Todo lo que de alguna manera se asocie al Estado para los italianos está viciado: reglas, instituciones, jueces, empleados públicos y, sobre todo, políticos. Los años y años de berlusconismo –control absoluto de los medios, mano dura, amiguismo con la mafia, neoliberalismo- destrozaron la conciencia ciudadana y la reflexión política del país que fue la cuna de Antonio Gramsci y que supo tener, allá por los setenta, el partido comunista más poderoso de toda Europa.

En este panorama se produjo el crecimiento astronómico de una agrupación que para tomar distancia del resto no se autodenomina partido sino Movimento Cinque Stelle, encabezado por Beppe Grillo, un cómico de la televisión y el teatro sin trayectoria política previa. El M5S es una asociación libre de ciudadanos que busca refundar el escenario político nacional, una especie de “que se vayan todos” organizado sobre algunas ambiguas consignas ambientalistas, antieuro –los italianos añoran terriblemente las liras- y anticorrupción. El problema es que detrás del paquete discursivo nadie sabe bien qué se esconde: no se habla ni de izquierda ni de derecha ni de nada y el término ideología parece una mala palabra. Algo huele a podrido.

Pero muchos electores están cansados y compran: en su primera presentación en comicios generales el M5S fue vencedor con un 25% de los votos.

* * *

-La policía es la enfermedad, entonces nosotros buscamos el remedio- explicó con sencillez M. y enseguida recordé lo último que había dicho G. Era lo mismo, pero con tintes poéticos y un poco más revolucionario.

El camión andaba a todo trapo y a nuestra izquierda, bien por debajo de la autopista, como una enorme mancha de mercurio recalentado, se perdía el mar Tirreno. Mirados desde la altura, los mares meridionales de Italia tienen la particularidad de fundirse con el cielo, de forma tal que resulta imposible divisar el horizonte. El resultado final es realmente bello: algunas islas parecen flotar en el firmamento brumoso.

Habíamos tomado el tren de Catania a Messina –que para variar salió más de cuarenta minutos tarde- y habíamos subido al camión de M. en el barco que cruza hacia Calabria. Fue el primero al que preguntamos y enseguida aceptó llevarnos hasta Salerno, cuatrocientos cincuenta gloriosos kilómetros. M. era grandote, llevaba el pelo bien corto, anteojos de sol, un jogging gris y una remera ajustada al cuerpo; una fusión extraña entre un patova y un profesor de educación física. Después de la presentación de rigor en la que no faltó la puteada generalizada a todo el arco político, comenzó a contarnos algunas artimañas de los camioneros para sacarle el máximo provecho a su trabajo.

-Yo tengo este aparato- dijo, sacando de su bolsillo un pequeño dispositivo negro similar al control remoto para abrir las puertas de los autos- en el que aprieto un botón dos veces y el taquímetro se detiene. Cuando quiero lo vuelvo a apretar dos veces y empieza a funcionar de nuevo. Entonces puedo manejar veinticuatro-veinticuatro y aunque la policía me pare y controle los datos, está todo en regla. Costó tres mil ochocientos euros, pero ¿cuánto me ahorro con ese gasto?

Todos los camiones llevan por ley un taquímetro, aparato que registra de forma continua el tiempo y la velocidad de circulación. Cada chofer, por cada día de trabajo, debe cumplir obligatoriamente con una pausa larga de once horas y una serie de pausas más cortas de unos cuarenta minutos cada una. Al detener el taquímetro de forma artificial, el chofer puede seguir manejando mientras en los registros empieza a acumular horas detenido. Estas horas robadas al descanso o al sueño le permiten realizar más viajes y, por lo tanto, cobrar un sueldo más jugoso a fin de mes.

-Y también la velocidad está modificada. ¿Ven acá el tablero?- preguntó M. Miramos y la aguja estaba clavada en ochenta, la máxima velocidad permitida para los camiones-, bueno, en realidad estamos yendo a noventa y dos, noventa y tres. Pero ¿quién tiene derecho a decir algo? Todos saben que ninguno de nosotros está totalmente en regla, sino no podríamos trabajar.

Porque en Italia ni siquiera la ley cumple con la ley.

I carabinieri son lo peor. Hay un lugar en mi región la Puglia, un lugar como tantos otros, donde cada vez que paso tengo que dejar cinco euros en la casilla. Es como un peaje: son siempre cinco y yo ya voy con el billete preparado. Una vez pasé y le dije ‘Maresciallo disculpe, hoy no tengo cambio. La próxima le dejo directamente diez ¿OK?’, ‘¿pero cuánto tiene ahí?’, ‘veinte’, ‘no hay problema amigo, tengo vuelto’. Y sacó del bolsillo una enorme pila de billetes, contó quince euros y me los entregó.

Porque en Italia, en la ruta, la ley es menos ley.

Cuando le pregunté a M. por la Sacra Corona Unita, la mafia regional pullesa–menos famosa en el panorama internacional que sus colegas del sur ‘Ndrangheta, Cosa Nostra y Camorra- enseguida respondió que había sido casi desmantelada, que prácticamente ya no tenía poder. Me pareció que iba a comentar algo más pero al final se calló y entonces seguimos mirando en silencio el paisaje, las subidas y bajadas de una autopista que de Calabria a Campania es casi toda montaña, puente, y túnel.

Pero después de unos minutos largó lo que tenia atragantado: confesó que el también había trabajado para la SCU, repartiendo cigarrillos que habían sido traídos de contrabando. La mafia cruzaba barcos y barcos desde Albania y Grecia, donde eran mucho más baratos, y los distribuía por toda Italia. M. llevaba de vez en cuando algunos cartones disimulados entre la mercadería. Eso duró unos buenos años. Luego se hicieron controles más estrictos sobre la costa, subió el precio del tabaco en los Balcanes y el negoció se acabó.

-Yo hacía buena plata sin hacerle mal a nadie. Porque acá el paquete de veinte cuesta cuatro euros con cincuenta que son casi todo impuestos. Y ¿por qué tengo que pagarle tanto al Estado si quiero suicidarme? Es mi problema. Nosotros pagamos y pagamos y la plata se la llevan los políticos, que modifican las leyes para luego tener inmunidad. Pero las leyes a los que trabajamos no nos apoyan nunca.

Entonces, después de toda esa disertación sobre el país, la corrupción, la policía y la mafia, nos contó su historia, su verdadera historia. Esa que duele. Y como cada tragedia italiana, involucra, aunque sea un poquito, a esa ley que no es tan ley.

* * *

M. ahora viaja sólo por el país pero durante muchos años anduvo llevando y trayendo mercaderías del extranjero. Cuando viajaba a España siempre volvía en ferry, embarcando el camión en el puerto de Barcelona. Una vez, para darle una sorpresa a su mujer en su aniversario, pidió permiso en la empresa para subir el camión al barco y mandarlo sin chofer y así poder volver él mismo en avión y llegar más rápido. Se lo concedieron.

Tenía que llegar un lunes pero llegó un domingo a la tardecita.

Casi que lo puedo imaginar arribando a su casa: empilchado, con un ramo de flores en la mano, la sonrisa encendida y con todas las ganas de llevarla a cenar a un restaurante paquete. La noche está preciosa y promete mucho. M. se detiene un instante en la puerta, se peina y se acomoda la camisa. Luego entra silenciosamente para que la sorpresa sea completa. Enseguida percibe algo raro, como un animal que se mete en una madriguera que no es la suya. Pero ¿qué es? Mira alrededor confundido, y sí, está bien, son sus muebles, es su televisor, son sus fotos, es su casa. Todo está ordenado y limpio, no parece faltar nada. En el living no hay nadie, en la cocina tampoco. Entonces entra al comedor y la ve: sobre una de las sillas de madera, oscura y enroscada como una víbora venenosa, hay una campera de hombre que no es suya.

El ramo se cae al piso, las cosas se precipitan. Sube como un huracán a la planta alta, la puerta de la habitación matrimonial está abierta y ahí están los dos en plena faena, los cuerpos entrelazados, las sábanas de su cama deshechas, las ropas por el piso, el olor a sexo en el ambiente. Ellos lo ven muy quieto -ahora parece más grande, enorme, brutal, la cabeza le late, el pecho le late, los puños cerrados le laten-, parado bajo el marco de la puerta del cuarto mirándolos fijo y se horrorizan: además de macizo y decidido, M. es tercer Dan en taekwondo. Tal vez por eso mismo él lo imagina todo en un solo instante de furia; el llanto, los gritos, las manos calientes y empapadas que ya no van a volver a ser las mismas, la sangre sobre la cama blanca y sobre la alfombra gris y sobre las paredes amarillas y, luego, enseguida luego, una vida entera encerrado por un arrebato de ira, su existencia, su libertad, sus kilómetros y kilómetros de libertad saqueados por una imbécil a la que le dio todo y que, evidentemente, no valía la pena. Y entonces reacciona de la forma menos lógica: les dice que se tranquilicen, que nos les va a hacer nada, que no va a pasar nada y empieza a sacarles fotos con el teléfono. Casi que lo disfruta; se toma su tiempo para enfocar, que se vean bien los cuerpo y las caras, que se vea bien el pecado, que se vean bien los pecadores. Los otros están quietos, estupefactos, no saben cómo actuar. Ni bien termina, ordena con una voz desgarrada pero ya completamente segura:
-Ahora salgo a dar un paseo y tienen diez minutos para vestirse y tomárselas. Que no los encuentre. Y vos- dice mirando a su esposa con desprecio y por última vez- llevate todo.

* * *

M. nos contó que se fue a caminar y se fumó un solo cigarrillo. Regresó a los diez minutos –ya no había nadie. Se bañó, comió, se acostó. Al otro día fue a ver a un abogado, le dio las fotos y le indicó que inicie el divorcio. Cuando volvió a su casa, no salió más. Pidió una licencia en el trabajo y dejó de responder el teléfono. No quería hacer nada ni ver a nadie.

Sesenta días después y por enésima vez, un amigo lo fue a buscar para ir a dar una vuelta y ante la insistente negativa del camionero le avisó que iba a esperarlo afuera el tiempo que fuese necesario. M. no le hizo caso y se fue a dormir. A la mañana siguiente miró por la ventana y el amigo seguía ahí, cabeceando adentro del coche, estacionado frente a su puerta. Había dormido toda la noche en el auto. Entonces finalmente salió. Y volvió a vivir.

Ya habíamos dejado bastante atrás Calabria y sus mares imposiblemente turquesas cuando nos confesó que a pesar de todo ese dolor –ese instante terrible, esos dos meses oscurísimos- estaba agradecido de haber regresado un día antes.

-¿Mirá si hubiese sido un testa di cazzo toda la vida sin enterarme? Yo pagándole todo a la señorita y ella cogiéndose a otro.

Pero la historia no terminó ahí, porque transcurre en Italia, donde la ley no es tan ley: ya pasaron siete años del inicio del trámite de divorcio y todavía no hay sentencia.

-¡Siete años! ¿Cómo puede ser? Les diste las pruebas, reaccionaste bien, no hiciste quilombo…- le dije indignado.
-Siete años. Es que acá es así: tarda, no llega, no se cumple. Encima la atorranta me quiso empezar a sacar plata. Pero la cagué porque enseguida vendí todas las cosas que tenía a mi nombre y se quedó sin poder reclamar nada. Y al poco tiempo el otro tipo se cansó y también la mandó a mudarse. Ahora anda como pobrecita y por primera vez en su vida tiene que laburar porque ya no la mantiene nadie.
Tutt’è bene quel che finisce bene– concluí, citando el viejo proverbio italiano.
-Y sí. Ahora estoy tranquilo- replicó. E imitó una conversación con algún filito ocasional: -¿Querés salir?, ¿querés divertirte? Hacemos todo lo que vos quieras, todo lo que te guste, vamos de acá para allá. Te llevo a comer, a bailar, la pasamos bárbaro. Pero en casa, a dormir, no te quedás.

* * *

Quizás por tanta charla, tanta anécdota, porque el paisaje robaba el aliento, o porque sabíamos que el camioncito caminaba a noventa y dos, noventa y tres, aunque el tablero dijera ochenta, el viaje se hizo cortísimo. Ya la tarde era casi noche cuando M. se detuvo en un Autogrill antes de Salerno, porque él se desviaba al este y nosotros seguíamos rumbo norte. Nos regaló varios paquetes de golosinas –“hay que saber cuando sacarlas de la mercadería sin que nadie se entere” dijo con picardía– y nos hizo prometer que si pasábamos por la Puglia íbamos a ir a visitarlo para contarle nuestras aventuras. Luego nos dimos la mano como viejos amigos, bajamos con las mochilas y él arrancó el camión, saludó tocando bocina y se fue; en unos pocos segundos desapareció en el horizonte rutero, como tantos otros a lo largo de cinco meses. Cuando alguien te cuenta su historia, las cosas que lo atraviesan y las que le duelen, despedirse es mucho más difícil. Y después de andar despidiéndose tanto uno a veces no se quiere despedir más. Como para ahorrarse la tristeza.

Nos tocó pasar otra noche en un Autogrill –no iba a ser la última. Encontramos un parquecito medio escondido y ahí nomás plantamos la carpa. Arriba había un cielo sin luna pero impregnado hasta la última gota de estrellas. Estábamos más altos –habíamos vuelto a los Apeninos. El aire era puro y olía a pino, la temperatura había bajado y el clima era menos húmedo. La vuelta al continente por fin nos había cambiado la suerte: en un día volcánico habíamos andado desde los pies del Etna hasta casi los pies del Vesubio. Trieste, Eslovenia, Inglaterra, quedaban un poco más cerca.

2 comments

  1. Maravilloso relato de tu viaje y los personajes que te has encontrado por el camino, lograste que me sintiera una más en ese camión por la autopista de Sicilia. Espero ansiosa tu próximo capítulo. Gracias por pasar a mi blog, Un abrazo!

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