Políglota

Políglota

—He andado rutas olvidadas por los antiguos, caminos no registrados en inconsciente alguno. He conocido hombres sin más trigo que la voluntad y sin más agua que la memoria. He visto animales que no pueden haber sido creados por un dios, por ningún dios. He oído el azufre y el metal, la locura y el deseo; he oído sonidos que la naturaleza ha rechazado por completo. He olido el miedo, el trabajo, la sangre excitada y, sobre todo, he olido la espera: ese aroma felino que empapa el aire cuando el cazador acecha durante siglos una presa. He hecho todo aquello y también he perdido la cuenta de todo: de los años y los kilómetros, de las mujeres y de los besos. Ya no puedo saber cuándo una luna junto al fuego, cuándo esos ojos celestes, cuándo dije no y debí haber dicho sí, cuándo el río se adueñó de mis pensamientos.

El políglota se detuvo para observar el efecto que habían provocado sus palabras. Los otros doce comensales lo miraban con intensidad bíblica: en sus rostros se adivinaban el respeto y el temor que inspiran el genio o la locura. Satisfecho, prosiguió con el brindis:

—Levantemos las copas esta noche por eso, entonces. Por las contradicciones. Por la memoria. Por el olvido.

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