Parc Güell

Parc Güell

Hay un hombre solo en la cima del Parc Güell. Son las siete y doce de la tarde de un día que fue en gran parte lluvioso y hace frío. Barcelona es una estampa inmutable alrededor del parque, pero su manta multicolor de tejados y balcones aparece filtrada por la densa niebla que flota en el aire. El hombre está sentado en una roca que sobresale medio metro del piso gris; encapotado para enfrentar el viento y la humedad e inmóvil desde hace un largo rato, mira hacia la ciudad allá abajo.

Es finales de marzo y el día aún no se anima a apagarse por completo. En la metrópoli ya se encendieron las primeras luces pero son pocas las que gambetean la cremosidad del aire y alcanzan el parque: al fondo, los reflectores en fila del Camp Nou; de vez en cuando, los focos de un auto de frente doblando una esquina. El hombre sigue allí y, aunque casi siempre permanece quieto, a veces inclina su cabeza hacia el pecho durante unos instantes, moviéndola apenas a los lados: se siente pequeño, mínimo, innecesario. Y sobre todo se siente condenado a la soledad, porque hoy se cumplen diez años de aquella noche de lluvia en que dejó a Laura -exactamente el mismo tiempo que compartió con ella- y desde ese entonces no logró vincularse en serio con ninguna otra mujer. Las mujeres pasan por su vida igual que pasan las jornadas: algunas traen sol y algunas traen viento, otras traen lluvia, o melancolía o tal vez certezas. Pero ninguna dura demasiado y antes que pueda enamorarse ya se han caído del calendario. Como la naturaleza sobre las cosas abandonadas a la intemperie, la soledad fue avanzando lenta pero inexorablemente hasta cubrirlo todo: los minutos y las horas, el trabajo, la rutina y el descanso, las sonrisas, los gestos y también las lágrimas. Hoy su historia está pintada de un monótono añoranza y resulta imposible vislumbrar los colores que había debajo.

En el pequeño cerro alrededor del hombre solitario, conviven en matas una multitud de minúsculas flores violetas, amarillas y blancas. Con la lluvia se huele tierra y se huele pino y el parque pierde su naturaleza urbana hasta convertirse en un bosque mediterráneo, esos donde todo puede suceder. Ayuda el domingo; la ciudad parece haberse tomado una pausa en su vida agitada. Y también ayudan la lluvia y el estadio que está lleno y las calles que están sin gente, porque el Barça pelea el campeonato y Messi, la joven promesa, ya se ganó la diez y hoy juega de titular. El hombre, al que todo aquello no le importa, saca de su bolsillo una cajita metálica que contiene tabaco, papel de fumar y filtros y empieza a armar un cigarrillo. Se toma su tiempo en la labor: selecciona con cuidado las mejores hebras y las amontona poco a poco en el papel, coloca el filtro en uno de los extremos sin que sobresalga ni quede demasiado adentro y, suave, muy suavemente, comienza a rolar el conjunto entre sus dedos para darle la forma deseada. Con ojo de artesano controla de no dejar mucho aire ni apretar de más el tabaco y, al final, aplica una finísima línea de saliva sobre la goma, asegurándose que todo esté prolijo y bien cerrado. Luego observa satisfecho el resultado de su trabajo y lo acaricia, pasándolo de una mano a la otra casi con cariño; hay algo muy solemne en aquel ritual que refleja una antigua tristeza, como si el contacto con el papel o el olor del tabaco le recordaran un instante que ya no puede ser recuperado. Finalmente enciende el cigarrillo con un fósforo y empieza a fumar, con pitadas profundas y los ojos atragantados.

A sus espaldas, a unos pocos metros y desde hace algunos minutos, alguien es testigo silencioso de este acto que él creía privado. El otro también se encapotó para hacerle frente a la tarde y a la lluvia. A pesar del clima, salió a dar un paseo para meditar sobre una cuestión que se augura difícil. Porque dos lustros de convivir con la misma mujer, desayunar juntos, conocerse todas las mañas y amarse y odiarse cada día no pueden resolverse en una sola caminata. Quiere separarse, pero por cobardía o por lástima no lo logra y viene aplazando la crisis desde hace tiempo. De pie, observa al hombre sentado con atención, y se pregunta si aquel habrá pasado por lo mismo. Durante un momento fantasea con contarle sus problemas e instintivamente da un paso hacia adelante; tal vez el consejo de un anónimo le de la fuerza que busca para hacerse cargo de su destino. Pero en seguida se detiene arrepentido, preguntándose qué estúpido presentimiento lo inclina a semejante confianza con alguien que desconoce.

Mientras cavila, el viento le acerca en ráfagas las primeras bocanadas de humo del fumador. Entonces cierra los ojos y se abandona a la intemperie, como si el devenir se hubiera deshecho y sólo quedara la existencia. Recuerda de forma desordenada algunas alegrías y tristezas pasadas y razona que la totalidad de lo que sucede en cada vida, visto con la lupa que proporciona el tiempo, resulta sin duda inevitable. Cada circunstancia, cada decisión, cada paso, construyen milímetro a milímetro un sendero único que llega desde el inicio del todo hasta sus mismísimos talones; un sendero que está siempre ahí atrás, cristalino y accesible a la mirada, con solo echar un vistazo por encima del hombro. Se pregunta por qué nunca fumó y está seguro que había una buena razón pero no puede recordarla. ¿Era porque ella desprecia a los fumadores? ¿Era porque jamás sintió las ganas y el tabaco es una forma cara de arruinarse la salud? ¿O era sencillamente porque él mismo no soportaba el humo? No, eso último no puede ser, si jamás supo resistirse a la hipnótica sucesión de siluetas que se desprenden de la boca y del cigarrillo; esas nubecillas que mutan una y otra vez de tamaño, consistencia y opacidad en movimientos que para la mirada torpe resultan antojadizos, pero al avezado se le revelan coordinados y regulares. No, no era eso ni aquello ni lo otro y como no puede recordarlo desiste de la tarea; y será que el tabaco ahora quema con ganas o el viento sopla de corrido en su dirección, porque el perfume parece más dulce y menos lejano y los cúmulos, espesísimos, lo envuelven como en una danza privada, en un cortejo tan autóctono, que solo puede haber sido preparado por él o para él.

Entonces, desde muy atrás o desde muy abajo, desde algún lugar entre el alma y el corazón, comienza a tomar lugar una sensación a la vez extraña y conocida, una pequeña urgencia que se incrementa mansamente a cada segundo, como si todas las otras cosas del universo dejaran de tener significado porque existe algo más importante, mucho más trascendental e irremplazable; una exaltación que poco a poco cobra más y más fuerza sin dejar de lado su dulzura y su primordialidad; un requisito de gozo casi sagrado que pugna por abarcarlo todo. Con la vista siempre a oscuras, presiente también en la mano, entre los dedos, entre el humo, la respuesta que parece corresponderse de forma absoluta a la urgencia que lo carcome: la posibilidad de un movimiento perfecto capaz de unir esas dos piezas del rompecabezas que durante años estuvieron separadas, a la espera de encontrarse en este instante, en este lugar. La necesidad es tan imperiosa y la solución se anuncia tan sencilla que el hombre abre repentinamente los ojos y, con toda naturalidad, lleva hacia los labios el cigarrillo encendido que hace rato sostiene entre el índice y el medio de la mano derecha, para dar una pitada profunda y aliviadora; es la última, la ceniza ya casi besa el filtro. Pero ahora ya no está parado sino sentado, entonces lo apaga sobre la roca que le sirve de asiento y enseguida mira hacia atrás -creyó escuchar algo-. No hay nadie porque el otro, un poco menos pequeño, un poco menos solo y un poco menos innecesario ya emprendió la vuelta. Observa una vez más la ciudad y le regala un suspiro, antes de levantarse y tomar un camino de tierra que se esconde entre los arbustos. Sus pasos son firmes porque ha tomado una decisión: esta noche va a decirle a Laura que se quiere separar.

Mientras baja el montecito con las manos metidas en los bolsillos llegan gritos de euforia desde una casa cercana, donde alguien ve a Rivaldo en la televisión hacer un gol desde afuera del área. Al fondo, el estadio estalla en festejos y aplausos porque está más cerca el campeonato. Pero todo eso él no lo escucha o no le importa. El día ya se entregó por completo a la noche aunque Barcelona sigue ahí, firme, como una estampa inmutable alrededor del parque, con su manta de tejados que ahora son sólo presencias tras la niebla que flota en el aire.

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