Pablo Iglesias, el tipo que puede cambiar España

Pablo Iglesias, el tipo que puede cambiar España

La Marcha por el Cambio convocada por PODEMOS reventó Madrid a fines de enero y encuestas realizadas semanas después le dieron hasta un 40% de intención de voto en algunas comunidades autónomas. Sin embargo, en las elecciones andaluzas del domingo pasado, PODEMOS logró apenas un 15% de los votos.  ¿Quién es Pablo Iglesias y por qué un sector cambiante de España deposita sus esperanzas en él?

Por Federico Acosta Rainis, para Revista Último Round.
Ilustración: César Deferrari

¡Es la política, estúpido!

España es hoy un país arrasado. Entiéndase: con todo lo arrasado que puede estar una nación que en el sistema-mundo de Wallerstein forma parte de los países centrales y que además pertenece a la Unión Europea, uno de los bloques político-económicos más poderosos del mundo que concentra cantidades brutales de capital. Así y todo, Europa y primer mundo y todo, los números españoles no dejan de ser impresionantes: en 2013 se contabilizaron cuatro años casi ininterrumpidos de recesión y el desempleo alcanzó el record histórico de más del 27% de la población activa, cifra que en las regiones menos industrializadas del sur y del oeste trepó hasta el 35% y el 40%.

La tormenta llegó con furia y se acabó el cuento de la buena pipa: la crisis financiera global reventó la burbuja inmobiliaria que había sido avalada pasivamente por el estado y por Europa.

Lejos quedó la primavera del modelo liberal privatizador que trazó Aznar a mediados de los noventa, con sus principales  motores en la construcción y el turismo. En el 2006, cuando las grúas cubrían por decenas los cielos de las ciudades hispanas y con un sueldo básico y sin demasiadas preguntas los bancos prestaban plata para piso, auto, electrodomésticos y vacaciones, nadie imaginaba la debacle venidera. Dos años más tarde la tormenta llegó con furia y se acabó el cuento de la buena pipa: la crisis financiera global reventó la burbuja inmobiliaria que había sido avalada pasivamente por el estado y por Europa y como un dominó se cargó al resto de la economía española. El invierno se hizo largo y no encontró paliativos en dos gobiernos de corte distinto. A pesar de que según el presidente Rajoy ciertos indicadores estarían experimentando este trimestre una minúscula mejoría—ese crónico y doloroso modo condicional—, las cosas siguen igual o peor. Igual porque el trabajo escasea y está muy mal pago, y peor porque el colapso económico, a fuerza de prolongarse, devino en colapso político. Los españoles hoy no se sienten representados y lo que prima es un escepticismo que recuerda demasiado al “que se vayan todos” del Argentinazo.

Los jugadores tradicionales del actual panorama político español salieron a la cancha durante la transición a la democracia que sobrevino a la muerte de Franco en 1975, y disputaron su primera contienda en las elecciones generales de 1982. En esos comicios el PSOE (Partido Socialista Obrero Español) de Felipe González se impuso por mayoría absoluta y el AP, luego devenido en PP (Partido Popular), se constituyó como principal fuerza opositora. Poco cambió desde aquel entonces: ambos partidos se fueron alternando en el poder y, en las ocho elecciones generales realizadas hasta la fecha, la suma de sus votos siempre estuvo por encima del 75%. Un dato termina de confirmar lo enraizado del bipartidismo hispano: la tercera fuerza en disputa apenas superó alguna vez los diez puntos.

Pero ahora los tantos ya no están tan claros. El hartazgo de la ciudadanía con los partidos tradicionales no se nutre solo de su total ineficacia para lograr un repunte de la economía; hay también una fuerte sensación de pérdida de soberanía, de arrodillamiento ante Europa, que ni el PP ni el PSOE lograron revertir. Con el ingreso del país a la UE el manejo de la política fiscal y monetaria nacional quedó en manos de Bruselas y desde que arreció la crisis el parlamento europeo —donde pisan fuerte los pesos pesados como Alemania—sugiere la misma monocorde receta para las economías castigadas del sur: ajuste, austeridad, reducción del gasto público. Lo que resulta más insoportable es que ese mismo parlamento no dudó en aprobar dos millonarios paquetes de rescate para sanear las cuentas de la banca privada española que, sumados, superan un quinto del PBI nacional. Es decir, se premia con ayuda a los especuladores que provocaron el colapso a costa de los ciudadanos desprotegidos que más lo sufren: es el mundo del revés, mejor llamado capitalismo financiero.

La dócil conformidad de los políticos españoles con el mandato europeo y la presteza para apretar el cinturón fue vergonzosa: las moderadas conquistas sociales obtenidas durante el primer gobierno de Zapatero —aumento del salario mínimo, regularización de inmigrantes, matrimonio homosexual—, quedaron del todo desdibujadas en su segundo mandato por el brutal ajuste que el gobierno de Rajoy continuó. Esta transferencia enorme de ingresos desde los sectores menos favorecidos hacia los que concentran el capital se dio a través de variados mecanismos: aumento de impuestos generales, recortes en educación, salarios, salud, flexibilización laboral, facilitación de los despidos. Pero aún hay más: con la misma velocidad con que se multiplicaron los desalojos de aquellos ciudadanos imposibilitados de afrontar las hipotecas, salieron a la luz decenas y decenas de casos de enriquecimiento ilícito que involucraban a funcionarios del PSOE y del PP en todos los niveles de la administración pública.

Ilustración: César Deferrari
Ilustración: César Deferrari

En un país de tradición combativa como España, semejante caldo de cultivo debía generar algún tipo de fractura. Y así ocurrió.

El 15 de mayo de 2011, luego de una manifestación contra el ajuste, unas cuarenta personas decidieron quedarse a pernoctar en la Plaza del Sol, la del oso, la más tradicional de Madrid. Eran grupos dispersos de distintos colectivos que no tenían ningún programa concreto pero sí la voluntad común de originar una protesta permanente, que trascienda la marcha ocasional. Esa noche encendieron la mecha de una historia que es harto conocida: en los días sucesivos el número de plazas repletas de “indignados” —la mayoría de ellos autoconvocados a través de las redes sociales—se multiplicó de forma exponencial y dio origen al Movimiento 15M. Las olas de las agitadas aguas ibéricas enseguida arribaron a costas lejanas: buenos ejemplos son el movimiento Occupy Wall Steet en Estados Unidos y la marcha mundial de protesta organizada desde España para el 15 de octubre de 2011, con réplicas en casi mil ciudades y más de ochenta países alrededor del globo. Este cúmulo de experiencias fue el bautismo de fuego que posibilitó la repolitización de una parte importante de la juventud española, adormilada hasta hacía poco tiempo atrás entre las vacas gordas del consumo y la comodidad previos a la crisis.

Podemos, el flamante partido que bate récords de crecimiento en las encuestas, es el heredero de este redescubrimiento de la política. Formalmente fue constituido en enero de 2014, pero es la fusión de distintas agrupaciones de izquierda, asambleas barriales y movimientos articulados a partir del 15M que llevan años en la militancia. Su idea matriz fue canalizar el descontento social a través de una opción electoral plausible para las elecciones europeas de mayo de ese mismo año, con propuestas alternativas al ajuste para sacar al país de la crisis. La estrategia dio sus frutos porque tan solo cuatro meses después obtuvieron más de 1.200.000 votos, un 8% del electorado, equivalente a cinco eurodiputados. Y eso fue apenas el comienzo: las últimas encuestas les dan un 25% de intención de voto para las generales de este año y buenas posibilidades de acceder al poder. Detrás de este boom hay una lectura acertada de un momento político clave, una estrategia comunicacional muy inteligente y el aprovechamiento de nuevas herramientas que poco a poco empiezan a mostrar su peso en la política.

Podemos: de las barricadas a los ordenadores

El desarrollo exponencial de Podemos es impensable sin la existencia de las redes de computadoras, sin la bronca masticada en las calles y luego clickeada, likeada, forwardeada y twitteada millones de veces.

El desarrollo exponencial de Podemos es impensable sin la existencia de las redes de computadoras, sin la bronca masticada en las calles y luego clickeada, likeada, forwardeada y twitteada millones de veces. Podemos es un partido informático no solo porque utiliza la tecnología para masificarse; su estructura organizativa y su modo de funcionamiento tienen una notable simetría con las redes. La organización se apoya en una multiplicidad de nodos denominados “círculos”, espacios de participación ciudadana autoconvocados basados en un territorio o en un tema de discusión común. Los círculos operan como asambleas abiertas a todo aquel que quiera participar, elaborando propuestas que luego se comparten al resto de la red para su posterior debate y mejora. Así ha tomado forma gran parte de su programa político. En la página web del partido hay un repositorio de archivos de acceso público que documenta hasta el detalle los debates que generaron más de ciento sesenta equipos de trabajo. Este proceso de discusión colectivo, que entraña la distribución, votación y corrección masiva de una serie de borradores hasta el desarrollo de una versión final y superadora, remite inmediatamente a la filosofía de perfeccionamiento por etapas que se utiliza en la creación de software libre. Pero la analogía con la informática va más allá: Podemos es también un virus. Algo que el bipartidismo español no planeaba y que, tras colarse por sus agujeros de seguridad, se replicó de forma exponencial contagiando a su paso a una marea de nuevos electores hasta poner en peligro las bases mismas del sistema fundacional.

La fortaleza más grande del partido, sin embargo, es su origen popular. En esto se diferencia del que muchos han querido considerar su hermano mayor italiano: el Movimento Cinque Stelle. Como Podemos, pero unos años antes, fue novedad y niño mimado de analistas al acaparar el voto de millones de ciudadanos hartos de la política sucia y el inexorable avance de la crisis. Pero al M5S no lo fundaron multitudes movilizadas sino un cómico de televisión que de golpe decidió desembarcar en la política y un empresario de la rica Italia del norte. Falto de todo asidero material, su festejado apartidismo se diluyó en un apolitismo carente de contenido. Podemos es, hasta ahora, todo lo contrario. Sus referentes principales son activistas, profesores universitarios, comunicadores, jóvenes intelectuales que aportan renovación a un aparato político que ya tiene más de treinta años. Su origen está en las barricadas, en los barrios, en las asambleas populares. El movimiento retoma la tradición militante aplastada durante la guerra civil española, y la actualiza y la empodera con las herramientas del siglo XXI.

Podemos tiene también algo más. Ese plus se llama Pablo Iglesias.

Iglesias 3El loco de la coleta contra la casta

Tanto por sus capacidades excepcionales como orador como por su repercusión mediática, y a pesar de no estar entre sus fundadores originales, Pablo Iglesias Turrión se convirtió rápidamente en el principal portavoz del movimiento; en noviembre de 2014 fue electo también secretario general con casi un noventa por ciento de los votos. Profesor de la Universidad Complutense de Madrid, licenciado en Derecho y doctor en Ciencias Políticas, con treinta y seis años, dos másters internacionales, un currículum interminable en su haber y un pasado en la militancia antiglobalización, Iglesias saltó a la fama tras participar en tertulias políticas televisivas de alcance nacional como La Sexta Noche. Con un estilo combativo, irónico y a veces un poco arrogante, aunque apoyado siempre en cifras y argumentos concretos, no se cansa de enfurecer y dejar en orsai a oponentes políticos y entrevistadores.

Pablo suma rating porque tiene una pregunta incómoda y una respuesta lúcida que cachetean y desenmascaran. El look de profe universitario joven y desenfadado, el pelo largo recogido en colita —o coleta como le dicen por aquellos pagos—, su discurso sencillo y la capacidad de no perder las riendas ni la serenidad frente a las provocaciones, son un soplo de aire fresco en los debates. Sin embargo, no hay nada librado al azar en ese perfil casual y décontracté: Iglesias se reapropia con gran pericia del vapuleado sentido común —favorito de la derecha para rellenar prédicas que se autodenominan desideologizadas—y lo impregna de confrontación y conflicto, leitmotiv de la política. No hace concesiones, no reniega de sus orígenes ni de su pensamiento de izquierda —lo repite hasta el hartazgo si es necesario—, pero tampoco se empantana agitando las banderitas rojas de la liturgia tradicional para no ahuyentar a un electorado que hoy por hoy está harto de izquierdas, derechas y de la clase política en general. Pablo cumple su papel comunicacional al detalle y entonces consigue efecto y masividad. Porque sabe que para cambiar las cosas lo primero es hacerse con el poder.

Si el signo es la arena de la lucha de clases, la capacidad de Iglesias de recuperar el concepto centenario de casta y meterlo en boca de todos, da cuenta de su poderosa fortaleza comunicativa.

El secretario general de Podemos pertenece a una tradición intelectual de izquierda actualizada, que recupera con originalidad a Gramsci para plantear que la construcción de contrahegemonía es una guerra cultural de posiciones. Esta mirada entiende que hoy las trincheras son los medios porque el poder anida y se condensa alrededor de ellos. Todo lo que dice —todo lo que no dice— ese Pablo filmado, reproducido, multiplicado una y mil veces por la TV, convertido en estrella mediática, es parte de una estrategia comunicativa que aprovecha con gran inteligencia las fisuras abiertas por la crisis en la hasta hace poco compacta arena política española. Cuando lo entrevistan no lo niega: “estamos en una fase de posibilidad de acceso al poder político” y “aspiramos a todo, no queremos ser solo una voz crítica más”. Porque también sabe que la grieta en el bipartidismo no va a durar para siempre y hay que dar el zarpazo ahora o nunca.

Uno de los conceptos más recurrentes en su discurso es el de “casta”, que refiere a esa clase parasitaria que se apropia del Estado para garantizar privilegios y beneficios económicos a los amigotes. La noción prendió como pólvora en la sociedad española y en pocos meses se convirtió en referencia obligada de toda discusión política; la emplean incluso quienes están lejos de compartir las ideas de Podemos. Para gran cantidad de los ciudadanos la casta hoy son el PP y el PSOE —ya los llaman PPSOE—y todo lo que ellos representan: corrupción, ajuste, desempleo, pérdida de la soberanía, crisis. Si el signo es la arena de la lucha de clases, la capacidad de Iglesias de recuperar el concepto centenario de casta, actualizarlo con contenido socialmente válido en el siglo XXI y meterlo en boca de todos, da cuenta de su poderosa fortaleza comunicativa y de que las trincheras de Podemos avanzan a paso firme. El miedo de los partidos tradicionales y su falta de reacción ante este avance son tan grandes que sus portavoces solo atinan a escupir encolerizados—porque indignados ya no pueden estar— una nube de conceptos genéricos que incluye a todas las variedades de istas de izquierda que se puedan imaginar: marxistas, comunistas, leninistas, castristas, estalinistas, chavistas, populistas. Hay que decir que el resultado es tan vaporoso y trasnochado que no logra atemorizar más que al selecto círculo de individuos que siempre estuvo sentado demasiado a la derecha y del que jamás se pueden esperar votos para encarar una renovación política. Para el ciudadano común, que no sabe cómo llegar a fin de mes y tiene la casa hipotecada —o ya no la tiene—, la casta encarna hoy la suma de cosas que hay que desterrar para siempre del país.

Cinco siglos después América conquista España

Un aspecto llamativo en el fenómeno Iglesias es que, a contramano de lo que sucedió durante gran parte de la historia, las experiencias latinoamericanas modernas sirven de inspiración a un político europeo. Su visión crítica del capitalismo no es la de la izquierda clásica y mira con atención los rumbos originales que han seguido durante la última década países como Venezuela, Ecuador y Bolivia y, en menor medida, Argentina y Brasil. Este interés no responde solo a una cercanía ideológica; es indiscutible el papel que —con aciertos y errores—han cumplido estos proyectos a la hora de salir de la debacle social en que el neoliberalismo desolador de los noventa había sumido al continente.

Entonces, un encendido Pablo se atreve a decir en el parlamento de Bruselas: “de América Latina aprendimos que la deuda externa está diseñada para ser impagable, y que los países que más han crecido lo hicieron con una quita sustancial y una auditoría pública de su deuda. Todos conocen en esta cámara la deuda perdonada hace no tanto tiempo a Alemania. No es sólo una cuestión de justicia, tiene que ver con la integración europea y con la democracia: la deuda es hoy un mecanismo de mando y saqueo de los pueblos del sur. Eso es lo que está sucediendo en esos países que, con marcado racismo, algunos denominan PIGS (Portugal, Italia, Grecia, España)”. Y acto seguido apela a todos los pueblos periféricos de Europa a posicionarse contra la miseria y la violencia que desencadenan las medidas de la Troika financiera —Comisión Europea, Banco Central Europeo y FMI— en una evocación enorme a los discursos de diferentes mandatarios sudamericanos en foros internacionales como la ONU.

—Es imposible salir de una crisis volviendo a la gente más pobre—repite hasta el hartazgo el secretario general de Podemos, y por eso la mayoría de sus propuestas económicas son de carácter heterodoxo o contracíclico. En las antípodas del neoliberalismo, intentan un crecimiento con inclusión apoyado en la banca pública, el apuntalamiento del empleo y del consumo. Esto implica devolver al estado un lugar importante en la organización y la redistribución económicas, porque fueron la falta de controles y el laissez faire indiscriminado los que posibilitaron el desarrollo de la burbuja especulativa del desastre. La idea del fortalecimiento de la demanda y la centralidad del sector público también trae reminiscencias latinoamericanas contemporáneas.

Otras iniciativas del programa económico de Podemos son la instauración de una renta básica que garantice una vida digna, el aumento del salario mínimo, la semana laboral de treinta y cinco horas, la guerra al fraude fiscal y una reforma tributaria que imponga mayores gravámenes a los sectores acomodados. La batería de medidas que sostiene el partido es la antítesis de todo lo que sucede actualmente en España: a los oscuros negociados de la casta, responde con un modelo de transparencia y democracia directa; frente a los ajustes criminales destinados a proteger a toda costa la mano invisible, plantea un fortalecimiento del estado como garante del crecimiento; a la pasividad de un gobierno que observa el exilio de miles de jóvenes desocupados, opone un apuntalamiento de los salarios para estimular el consumo, la producción y el empleo; frente a la sangría de divisas que acarrean los compromisos financieros, exige un proyecto de auditoría y restructuración de la deuda.

Por este acervo de ideas —que sus detractores consideran irrealizables y demagógicas— a Iglesias lo acusan de populista. Para los oídos de una vieja señora Europa que demasiadas veces aún se cree portadora de las verdades —y del origen y de los confines— de la civilización, la palabrita suena incluso más repulsiva que para las oligarquías de nuestras tierras—y eso es decir mucho. Populismo significa subdesarrollo y mal gusto, el mono con navaja que era el dictador Chávez y el desastre que hacen con su futuro los tercermundistas, un fascismo berreta que no merece espacio en su refinado continente. Pero a Pablo no lo enoja el mote; al contrario, lo estimula. Entonces recurre otra vez a Gramsci y suma a Laclau para desmembrar el sentido último de lo populista y recuperar su herencia positiva centrada en lo nacional popular: cuando, como consecuencia de una crisis social extraordinaria, el pueblo se moviliza en conjunto para exigir por sus necesidades insatisfechas, se abre una fractura en las estructuras de dominación del poder político tradicional y se habilita una opción original y renovadora. Según él, Podemos canaliza hoy esa idea de pueblo y entonces es indiscutiblemente un fenómeno popular. Las encuestas parecen darle la razón.

Iglesias 4De caudillos y del futuro

—¡Yo no soy un macho alfa, soy un militante!— grita exasperado Iglesias ante una multitud que se muere por aplaudirlo y enseguida es callada por el orador.

Una característica interesante de Podemos es que su núcleo duro de referentes excede por mucho al portavoz principal. Entre ellos hay buen número de militantes con amplia formación y experiencia política. Sin Pablo Iglesias Turrión, Podemos perdería muchísimo —imposible estimar lo que un predicador sobresaliente aporta a un movimiento—, pero sobreviviría igual. A la multiplicidad de dirigentes capacitados se suman la estructura cibernética que fomenta la democracia directa y la posibilidad de revocar decisiones mediante votación inmediata, como herramientas que permiten retener una buena parte del poder entre las bases. Aunque esta opinión debería ser contrastada en el futuro —si Podemos es gobierno o con el surgimiento de los primeros conflictos internos—, en principio parece disponer de alternativas para superar la peliaguda cuestión del caudillismo en los movimientos populares. Que no es un problema en sí mismo —los dirigentes brillantes son necesarios— pero se vuelve una seria complicación si la concentración de poder en el líder opaca o impide la formación de sucesores de su nivel, capaces de tomar el mando si el sillón queda vacío: el ejemplo más reciente es el de un Chávez que entendió quizás muy tarde que la cosa era “comunas o nada”.

Si Pablo y el núcleo duro dirigente triunfan en los comicios y mantienen la convicción que han demostrado hasta ahora, algo interesante puede suceder en Europa.

Los desafíos que hoy enfrenta Podemos no son pocos. Su origen reciente lo nutre de entusiasmo y expectativas, pero también puede inducirlo a errores debidos a la falta de pericia: no es lo mismo el trabajo y la militancia en ámbitos reducidos que la pelea en las grandes ligas que siempre han manejado otros, donde los códigos son diferentes. Mantener la transparencia y los principios de democracia directa que hasta ahora han caracterizado al movimiento requerirá de un importante esfuerzo extra si acceden al gobierno: la capacidad de sostener los criterios de horizontalidad y poder en las bases suele comenzar a disminuir a la vez que aumenta el peso político y electoral.

Por otro lado, las esperanzas que ha generado el partido entre quienes lo apoyan son enormes y será difícil cumplir con todas ellas: la posibilidad de realización de muchas de sus propuestas dependerá de la oposición parlamentaria. Hace unos meses y ante el terror del quiebre del bipartidismo, hubo rumores de una coalición entre PP y PSOE, que de realizarse sería completamente vergonzosa. Lo que es seguro es que si Podemos gana las elecciones no lo hará con mayoría absoluta y es bien sabido que las alianzas, aunque necesarias en política, suelen condicionar la libertad de acción. Lo que durante este año con el gobierno de Rajoy también repercutirá en Podemos —Iglesias ha reconocido en diversas ocasiones que el partido continua su crecimiento meteórico gracias a los errores en los que sigue incurriendo la casta—, aunque en principio todo seguiría igual: los niveles de desempleo sin merma y el gobierno no dispuesto a cambiar su política de ajustes.

Si Pablo y el núcleo duro dirigente triunfan en los comicios y mantienen la convicción que han demostrado hasta ahora, algo interesante puede suceder en Europa. Después de fracturar la hegemonía de un sistema político que tras siete años de oportunidades se mostró incapaz de garantizar un futuro al país, Podemos debe responder a su compromiso asumido con la sociedad española; los hombres y sus organizaciones no son recordados por lo que prometen, sino por lo que hacen. La crisis mundial prolongada y una inmigración creciente que puja por traspasar las fronteras de la UE para gozar de los jugosos beneficios económicos y sociales de quinientos años de abusos a lo largo y a lo ancho del planeta, están redefiniendo el mapa político del continente. En este contexto han resurgido agrupaciones de extrema derecha en países como Italia, Francia, Grecia, Holanda y Reino Unido, entre otros, que ponen en riesgo los principios rectores de democracia e igualdad y los derechos de las minorías y los sectores subalternos. Es primordial el desarrollo de alternativas de raigambre popular que puedan torcer ese camino; la historia latinoamericana contemporánea es prueba de que ello es posible, y su desembarco en las costas españolas muestra su potente vitalidad a pesar de las grandes tensiones que la atraviesan.

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