Nueva Roma

Nueva Roma

Casi te puedo ver; nunca fui bueno para imaginar, pero hoy me parece todo tan claro: doblás prolijamente el jean y lo apoyás en el respaldo de la silla, te sacás la remera y la acomodás con cuidado encima. Luego, con un gesto milenario, te tomás el tiempo para quitarle una por una las arrugas. Detrás de la silla, el espejo frente al que cada mañana me vestía te devuelve la mirada. Vos pegaste una interminable cadena de lucecitas de navidad a lo largo del borde, una de las pocas cosas que el bolsillo podía permitirnos para darle más vida a nuestra vida de inmigrantes, y ahora, cuando te brillan esos puntitos en los ojos, se vuelven mucho más temibles que el silencio, que esta noche y su aire de vendavales pasados y besos frente al río.

 

Entonces se te ocurre que nada sobrevive si no es con música y enseguida te colgás los auriculares o, tal vez, si no esta él, prendés el equipazo de cientos de dólares que hay en el living. De eso está hecha la vida para vos: de contrastes, de pequeñas grandes escenas cotidianas. Aunque en mis sermones de libros a medias nunca te lo confesé, me maravilla hasta la médula esa filosofía simple. La mayoría de las personas se la pasan buscando momentos supremos que justifiquen que los andaban buscando: la mano buena, la carta que va a cambiar el partido; la foto, el diploma y el anillo. Mientras tanto: rojo, rojo-amarillo, verde; rojo, rojo-amarillo verde; rojo, rojo-amarillo, verde, y un aburrimiento que agota. Vos no. Hay que tener una humildad enorme para entregarse sin preguntas a la épica de lo cotidiano.

 

Te animás a largar unas lágrimas en honor a eso, sentada al borde de la cama. Afuera, todo cliché: gris, frío, igual —tu mundo a miles de kilómetros de distancia. ¿Cómo se puede seguir así? La única explicación está en los genes: la sangre tana, la guerra latiendo en las venas, la fuerza de unas pocas monedas y algunas cartas de amor que se guardan como tesoros absolutos. Repartir lo que haya como un cristo, aguantar lo que venga como un caballito y, bueno, sobrevivir. Pero, ¿y los días en que las calles y los transeúntes parecen un error de la matrix, los parques están desiertos y el agua mugrienta se acumula en las ochavas? La habitación se te debe venir encima como un borracho que perdió el punto de apoyo y vos debés defenderte con uñas, dientes y, sobre todo, con la garganta.

 

Me costó muchos siglos, pero ahora entiendo que la pifié feo al ensayar consejos: no se diferencian de las promesas incumplibles, las fintas junto a la almohada y las sonrisas que se apagan al mismo tiempo que las velas. Te imagino sola en ese cuarto, con la cama bien tendida y tu pequeñísimo universo desparramado alrededor, y pienso que quizás lo que no tuvimos fue suerte. Que nos pasó algo parecido al clima de esa ciudad maldita, en la que en invierno la lluvia no da tregua y en verano el río se muere de ganas de devorarse las casas.

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