Macri y “la grieta” argentina

Macri y “la grieta” argentina

Por Federico Acosta Rainis, para American Herald Tribune

A poco más de un mes de la llegada al poder del nuevo presidente de la Argentina, Mauricio Macri, su promesa de campaña de que vendría a unir a los argentinos y terminar con “la grieta” parece más lejos que nunca de concretarse. “La grieta” es una expresión que el periodista Jorge Lanata popularizó hace unos años para referirse a la polarización política que hay en el país sudamericano a la hora de interpretar los mandatos del matrimonio de Néstor Kirchner (2003-2007) y Cristina Fernández de Kirchner (2007-2015).

Durante ese período se desarrolló un modelo de tipo keynesiano denominado de “crecimiento con inclusión”, basado en el impulso del consumo, el aumento del poder adquisitivo, la búsqueda del pleno empleo, y el incremento del aparato y la protección estatal. Otras patas fundamentales fueron la reorientación estratégica de las alianzas internacionales, con énfasis en la región latinoamericana y en las relaciones sur-sur, y la implementación de una fuerte política de derechos humanos, que posibilitó la conquista de derechos para minorías y la búsqueda de memoria, verdad y justicia para los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura militar (1976-1983).

Con estas políticas pero también mediante discursos y gestos simbólicos, los Kirchner supieron crear un potente universo de sentido cultural —nacionalista, anticolonial, antioligárquico— que caló hondo en una parte de la juventud e interpeló a una gran cantidad de sectores incluso ajenos al peronismo, el movimiento de sus orígenes. Ese relato, que quiso ser compacto y sin fisuras, permitió construir el apoyo popular necesario para avanzar en algunas reparaciones históricas fundamentales —desendeudamiento externo, reestatización de la petrolera YPF, mejora sustancial en pensiones y jubilaciones, entre otras— pero fue también, junto a numerosos errores estratégicos y la traición de aliados cercanos, una de las principales causas de la reciente derrota: el arrollador 54% que Cristina Fernández de Kirchner obtuvo en las elecciones presidenciales de 2011 disparó una alta dosis de soberbia entre bases, dirigentes y simpatizantes que en política se paga siempre muy caro.

En años de duras batallas y frente a un enorme conglomerado de medios que machacó y machacó la opinión pública —a veces con burdas mentiras— sobre los errores pero nunca reconoció los aciertos, el kirchnerismo se fue cerrando alrededor del núcleo duro de un tercio del electorado que comprendió que debía apoyarlo en tiempos difíciles, pero no supo percibir que, por su propia salud, también debía exigirle una rendición de cuentas. Porque no existe relato alguno que sea compacto y sin fisuras.

De esta manera perdió la capacidad de escuchar a una buena parte de las clases medias y clases medias bajas que, más allá de lo ideológico y el bombardeó mediático, venían planteando hacía rato sus diferencias, preocupados por cuestiones económicas como la inflación, cansados de algunas formas prepotentes, de algunas notables contradicciones —las concesiones a Chevron, Monsanto y Barrick Gold, por ejemplo—, de la falta de autocrítica o del indefendible crecimiento patrimonial de algunos dirigentes. Un porcentaje constituido por al menos otro tercio de los votantes, fundamental a la hora de decidir la suerte de una elección.

Mauricio Macri, al frente de la alianza Cambiemos, aprovechó con inteligencia los errores del enemigo.

En su campaña aplicó conceptos atiborrados de marketing empresarial pero carentes de todo significado social; recurrió a slogans de libros de autoayuda que suponen —errónea pero intencionalmente— que la búsqueda del bien individual lleva como por arte de magia al bien colectivo; habló de amor, de alegría, de diálogo y consenso; se juntó para la foto con algunos de los postergados más resonantes del kirchnerismo. Y, por sobre todas las cosas, se cuidó de esconder lo mejor posible su perfil conservador, pro mercado, anti latinoamericano y de profunda admiración por los Estados Unidos.

En esta estrategia, el uso del concepto de “la grieta” y su supuesta voluntad de cerrarla, de volver a la “normalidad”, resultó fundamental porque le permitió a Macri cosechar una gran cantidad de votos entre quienes estaban cansados de la encarnizada discusión política —reducida ya muchas veces a puro griterío—, entre los despistados que creen que es posible una sociedad sin sectores en disputa, y entre aquellos que, por diferentes y válidas razones, fueron acumulando enfado con el kirchnerismo.

Votos que sin ser de derecha migraron a la derecha. Pero bastaron para que Macri se hiciera con la victoria por un estrecho margen en el balotaje, aunque hubiera perdido la primera ronda frente al candidato kirchnerista Daniel Scioli. Está aquí y no en otro lado —a pesar de la oposición de los sectores concentrados de la economía y el cotorreo interminable de los medios— la clave para comprender la derrota del kirchnerismo: una derrota de su capacidad de escuchar, ser transversal y movilizar mayorías.

Sin embargo —y justamente porque no ganó Macri sino que perdió Scioli—, el nuevo gobierno tiene una profunda debilidad latente que no debería ignorar. Hay un presidente que llego al poder por menos de tres puntos de diferencia, gracias a una alianza ideológicamente muy diversa y a votos que más que convencidos, fueron votos bronca. Y hay una oposición, aún shockeada por el revés pero con una importante capacidad de movilización callejera, que está empecinada en defender lo que considera haber conquistado en el período anterior.

Insensible a este panorama, tal vez siguiendo ese consejo de que las resoluciones más duras deben tomarse durante los primeros tiempos de gobierno, el flamante presidente se ha comportado hasta ahora con una mezcla de revanchismo gozoso e impericia política, un cóctel que pone al país al borde de un verdadero estallido social. Todas las medidas económicas tomadas desde el 10 de diciembre a la fecha van a contramano de lo hecho por el kirchnerismo. Y todas son antipopulares: liberación del control de cambio con una devaluación asociada del peso del 40%; quita de retenciones al sector agroexportador concentrado; despido de casi 30.000 empleados estatales —por persecución ideológica, por recorte, o sin justificación alguna—; quita de subsidios a alimentos y servicios básicos; apertura indiscriminada de las importaciones.

La aplicación inmediata y sin matices de estas políticas supone un duro golpe para el bolsillo de las clases populares y una transferencia brutal de ingresos desde estas hacia las clases privilegiadas. Nadie esperaba que sucediera todo junto, de golpe, tan rápido. Y la lista se completa con otras iniciativas que dan cuenta del autoritarismo del nuevo jefe de Estado: represión salvaje a manifestantes; nombramiento por decreto de magistrados de la Corte Suprema; modificación por decreto de leyes vigentes con total menosprecio del Congreso; censura de voces disidentes; encarcelamiento de opositores por protestar.

El equilibrio crítico con que Cambiemos llegó al poder corre el riesgo de esfumarse de un momento a otro a pesar del intenso blindaje mediático que esconde despidos y silencia manifestaciones multitudinarias. Porque una mitad del país que no votó al oficialismo —y que no necesariamente comulga en su totalidad con la oposición— ya comenzó a organizarse para defender sus derechos. Y porque al interior de la mitad que sí lo votó ya asoman las primeras voces que cuestionan el camino intransigente y antipopular que ha elegido.

Quien apoyó la candidatura de Mauricio Macri pensando que venía a cerrar “la grieta” a estas alturas debería haberse dado cuenta que fue hábilmente engañado. Por la inventiva calculada al milímetro de un asesor publicitario, por alguna propaganda colmada de aparentes buenas intenciones, por la ilusión de creer que alguna vez en la historia el devenir de una comunidad humana puede escapar mágicamente al conflicto. Como si todos pensáramos igual, como si todos quisiéramos lo mismo.

No. “La grieta” no la inventaron ni Macri, ni Cristina, ni Néstor Kirchner; ni siquiera la inventó Lanata. La grieta excede las discusiones sobre kirchnerismo y antikirchnerismo, un pequeño período histórico de doce años. La grieta es el material mismo que contiene y da forma a lo político; es el enfrentamiento de grupos con miradas diferentes que pugnan por definir sus destinos como comunidad organizada; es la respuesta, desde lugares diversos a las preguntas fundamentales sobre cómo habitar el mundo. La grieta define con quiénes compartimos caminos y sueños para construir el mejor de los futuros que creemos posibles.

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