Latinoamérica: un presente rico, un futuro promisorio

Latinoamérica: un presente rico, un futuro promisorio

Por Federico Acosta Rainis, para Instituto Manquehue.

Tal vez es debido al momento histórico-tecnológico-informativo que vivimos —el desarrollo de la historia siempre estuvo hermanado con la tecnología y con la información, pero ahora la fusión entre los tres es tan fuerte que a veces cuesta distinguirlos—, en el que la necesidad de producir datos de forma instantánea para satisfacer a una creciente demanda obliga a los cronistas a vivir en un presente constante, pero resulta preocupante la forma en que demasiadas veces se desatiende el mediano y largo plazo —pasado o futuro— a la hora de analizar el mundo social.

La realidad es que por más que los patrones de consumo de información hayan cambiado y muchos lectores y/o consumidores reclamen contenidos ágiles y actualizados —por más Facebook, Google, Twitter o Instagram que haya—, la única forma válida de comprender en profundidad los procesos sociales es mediante la adopción de una perspectiva de largo aliento, que los inserte en su propia historicidad y vincule sus causas y efectos en una cadena de miles de causas y efectos anteriores y también futuros.

De ninguna manera esto significa negar que la velocidad de los cambios se ha acelerado: el sistema mundo está más interconectado que en ningún otro período previo y la modificación de una pieza en un extremo del planeta repercute de forma casi inmediata en el extremo opuesto, pero así y todo —Facebook, Google, Twitter o Instagram y todo—, los procesos históricos siguen siendo densos, extensos y multidimensionales.

Cuesta entender como tantos analistas se apresuraron a dar por concluida la crisis mundial comenzada en 2008-2009. No es difícil comprobar que a esta altura la historia los desdijo por completo: basta mirar por un instante el mapa internacional para descubrir que los problemas, en vez de minimizarse, se han incrementado.

En este sentido, cuesta entender como tantos analistas se apresuraron, ya desde hace un par de años, a dar por concluida la crisis mundial comenzada en 2008-2009. No es difícil comprobar que a esta altura la historia los desdijo por completo: basta mirar por un instante el mapa internacional para descubrir que los problemas, en vez de minimizarse, se han incrementado.

El error en el análisis fue doble: considerarla una crisis puramente económico-financiera y, como consecuencia de esto y utilizando una mirada de corto alcance, focalizarse en la relativa recuperación de algunos países para darla por finalizada. La crisis va mucho más allá de lo económico porque incluso tomando en cuenta tan solo ese aspecto hay una fundamental pregunta de corte político que aún no fue respondida: ¿qué falló en los sistemas políticos—en las democracias post Guerra Fría a la occidental, si se quiere— para que semejante descalabro haya sido posible?

Lo que sucede hoy en Europa, donde varios países están en números rojos, con una deuda impensada quince años atrás, se cuestiona la propia integridad de la Unión Europea y el euro, se acrecientan las posiciones xenófobas y radicales en los países más ricos y surgen propuestas de modelos políticos alternativos en los países más pobres, es producto y continuidad de esta misma crisis. También lo son el conflicto en Ucrania, esa guerra encubierta con Rusia motivada por Estados Unidos —que necesita cada vez más de las conflagraciones para alimentar su economía—, la baja enorme en los precios del petróleo, y el recrudecimiento de los problemas en Asia Occidental.

En un mundo de transformaciones, Latinoamérica no es la excepción.

El continente vive desde el inicio del siglo XXI lo que podría llamarse una “primavera política”, es decir, una revaloración del rol de la participación ciudadana como herramienta posible y necesaria para la transformación de la sociedad y el desarrollo de caminos propios y alternativos. Este proceso, saludable y renovador, fue la respuesta con la que los pueblos de la región encontraron una salida a la crisis de los años noventa, década cuyo leitmotiv era justamente la negación de todo sentido político.

El desembarco de las grandes masas antes relegadas en la arena pública significó en muchos casos el ascenso de gobiernos de raigambre popular, con fuertes cuotas de legitimidad entre los sectores que los apoyan. Pero también un fortalecimiento de los movimientos sociales, las agrupaciones indígenas y los colectivos de distintas minorías, alineados o no con los oficialismos de turno. Más allá de la política de las grandes ligas y de los comicios nacionales, lo que hubo fue un redescubrimiento de la importancia de ponerse a debatir con los pares sobre las cosas que hacen a la vida en comunidad.

En este contexto, los principales tópicos que se han puesto en discusión son el significado de la soberanía nacional y continental, el rol del Estado y su participación en la economía, la importancia de los lazos regionales, el valor de los recursos naturales y la reivindicación de minorías nativas, entre otros, con resultados dispares en cada país pero no por eso menos fructíferos.

Latinoamérica vive desde el inicio del siglo XXI lo que podría llamarse una “primavera política”, es decir, una revaloración del rol de la participación ciudadana como herramienta posible y necesaria para la transformación de la sociedad y el desarrollo de caminos propios y alternativos.

A pesar de estas importantes transformaciones, la región disfrutó de una buena cantidad de años de cierta calma. No solo porque muchas demandas populares encontraron la forma de ser canalizadas —disminución de la pobreza, aumento del empleo, mejoras en las infraestructuras educativa, vial y sanitaria, juicios a integrantes de las dictaduras de los setenta, etc.— , sino también porque con el aumento sostenido del precio internacional de las commodities, en un continente casi del todo dedicado a la exportación de materias primas —agrícolas, minerales o hidrocarburíferas— se vivió un crecimiento económico que superó todos los records históricos.

Por supuesto, esto no significó que los distintos antagonismos sociales al interior de cada nación —históricos, fundantes e inevitables— desaparecieran, pero sí que se mantuvieran en un nivel subterráneo, ocultos bajo un clima de relativa prosperidad. Y ahora, poco a poco, empezaron a reactivarse; las tensiones más marcadas se registran sobre todo en Venezuela y Argentina, y gradualmente se hacen sentir también en Brasil.

Hay dos razones principales para ello: el crecimiento que se había mantenido estable durante unos diez años, disminuyó notablemente en 2013 y 2014 y, además, varias administraciones —algunas de ellas ya en su tercer mandato— comenzaron a acusar el natural desgaste que ocasiona la permanencia en el poder: polarización de la sociedad, abandono de viejos aliados, radicalización de quienes los desaprueban. Al revés que durante el auge del modelo neoliberal, en muchos casos el conflicto aparece ahora primero en lo político y luego se transfiere a la esfera económica. Por mucho que se quejen los medios hegemónicos, esto es una buena señal.

El desafío más importante es que el bajón económico —que aún no se sabe si será temporal o permanente— no destruya todo lo que se ha avanzado en política. Porque la recuperación del valor de lo político es el legado más importante que dejan estos primeros años del milenio y lo que habilita a seguir avanzando. En este sentido, vale recordar una de las lecciones principales del pensador italiano Antonio Gramsci en su revisión del materialismo histórico clásico: la infraestructura económica dispone en gran parte del funcionamiento de la sociedad pero esto no ocurre jamás de forma mecánica y unidireccional y por eso la lucha en la superestructura —ese aparato que abarca lo político, lo jurídico, lo cultural, el desarrollo de las conciencias—, es clave para imaginar y construir alternativas contrahegemónicas.

Si se adopta una mirada de larga duración que tome en cuenta lo desastroso que fue gran parte del siglo XX para América Latina y especialmente su último tercio, queda claro que, más allá de los altibajos, el presente histórico es interesantísimo, rico en contenido y de futuro promisorio. Frente a una crisis mundial prolongada en que los viejos modelos se ponen en duda y las potencias tradicionales caen en la incertidumbre y sus ciudadanos en la inmovilizadora indignación, el haber redescubierto en nuestro continente las armas de la política y el poder de la ciudadanía movilizada es sin duda una ventaja fundamental.

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