La dignidad del sueño

La dignidad del sueño

Al alba, aún antes que los primeros gallos canten, el que estaba de guardia dio la orden y el puñado de hombres abrazado a sus fusiles empezó a levantarse. Habían dormido mal y estaban empapados, pues una lluvia intermitente los acompañaba desde la tarde anterior. Ahora iba a comenzar otra jornada de poco sueño y mucho cansancio y las piernas y los hombros y las espaldas y hasta las puntas de los dedos de las manos estaban entumecidas. El monte y la guerra no conocían piedad.

El espectáculo de los hombres despuntando era en verdad miserable. Uno de ellos maldecía por lo bajo el cuello duro, tan duro, y se preguntaba cómo es que podía estar más dolorido que en la víspera, antes de recostarse. Otro, arrancado de golpe del sueño, saboreaba nostálgico las últimas gotas de su hechizo de ron y playas de arena tibia. El tercero -aunque ya despierto- también fantaseaba, pero con dormir hasta tarde y en su casa y con su mujer llevándole un buen desayuno a la cama. Otro más, que no había podido cerrar los ojos en toda la noche por culpa de los insistentes mosquitos, echaba putas al aire, incapaz de disimular su enojo. El último, entre lagañas y bostezos a medias, sumaba mentalmente una más a la cuenta de noches de pocas horas, todas ellas a la intemperie.

Luego una voz grave y clara tronó: “¡Adelante!”. Entonces todos cargaron sus mochilas y sus fusiles como pudieron, y retomaron el camino por la Sierra Maestra. La Habana todavía estaba muy lejos.

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