La casa donde me crié

La casa donde me crié

La casa donde me crié ha sido tomada.

Los seres que la habitan desconocen sus secretos. No saben de los dos gatos enterrados en el jardín trasero, ni que en la vereda amarrilleaba un aromo hasta ese mal día en que murió de tristeza. No saben de las tardes de verano deshaciéndose en un canturreo hipnótico de cigarras, e ignoran que la parrilla del fondo es, ante todo, una escalera de ida y vuelta a techos misteriosos y ajenos.

Se llaman Débora y Gastón y compraron entero el paquete de la felicidad: bebé, coche cero kilómetro, manteles con volados y canteros con flores. Pero, ¿pueden ser de verdad felices, si jamás armaron un rompecabezas de mil quinientas piezas en la mesa de la cocina? ¿Cómo, si nunca transpiraron una noche adolescente junto a la estufa de leños falsos del comedor, tapándose torpemente las bocas para que no se despierte el universo?

En el living, en el pasillo de la planta alta, en el quinchito del fondo, Débora y Gastón dejaron las paredes despojadas, blanquísimas. Los sospecho mirando como marionetas bobas esos espacios que fueron bibliotecas, refugios de Sandokanes, D’Artagnanes y capitanes Nemo, de batallas imposibles y aventuras hasta a la luz de la vela, porque no hay oscuridad alguna que impida el triunfo de la fantasía.

A la hora de dormir, mis inquilinos prefirieron el cuarto cuya ventana mira al norte. La decisión es sabia: es el más cómodo y recibe al sol de las cuatro como una canción de cuna. Lo que no saben es que allí, al pie de la cama, una tarde de un noviembre, mi guitarra rasgueó una zamba desolada, mientras la vieja se sumergía en sueños narcóticos y respiraciones chiquititas. Y que esa misma noche, en ese mismo cuarto, descubrí que el mundo se había vuelto para siempre un lugar sin refugios.

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