(H)elena y yo

(H)elena y yo

Ilustración: Brenda Fahey.

¿Cuándo fue ese momento en el patio, las mañanas en que el cielo se ponía negro de golpe, ni muy temprano ni muy tarde, cerquita de las diez si era que sonaba el timbre o unos minutos después si nos escapábamos de la clase, en que sudorosos de vida, excitación y curiosidad, y asomados al portón de metal siempre beige, se nos venía la lluvia encima y nos gustaba olerla en procesión desde el río, que daba un cagazo pero era la mejor amiga de los besos? Entonces vos eras rubia y Helena, y brillabas en ese apenas, apenitas fundirse de los labios después de quizás dos primaveras y muchas cartas de amor esperando, en una vuelta en micro desde Pacheco, Garín o vaya uno a saber dónde. Y todo era como en un juego o, mejor dicho, era en verdad un juego, como si de alguna forma secreta hubiésemos sabido adelantarnos a la ironía.

¿Cuándo fue el momento en que ese patio se hizo cárcel y se llenó de humo de tabaco, de suciedad grosera e insoportable y de voces convencidas pero falsas, de palabras-vómito pero vómitos conscientes, y todo ese ejército de transeúntes comenzó a horrorizarnos porque ya no hubo más curiosidad ni sonrisa y sólo quedó el mal, banalizado y siempre ajeno? ¿En qué momento la carne empezó a doler hasta en cuclillas, el esperma se puso duro y la eyaculación mansa, y el juego abandonó las veredas dejando atrás solo polvo, excusas y relaciones a través de papelitos de colores, de colores tristes, aguachentados por la vergüenza de tanta mano que los acaricia? Entonces vos, que ya eras Elena, y yo, que aunque lo crea no puedo haber sido todavía el mismo, presentimos que un edificio de miedos acumulados se nos había venido abajo, que no era todo tan gratis ni tan barato, y entendimos que la hache no era un letra muda y que había que hacerse cargo de los huesos. De lo brutal que significa ser un animal que ríe y llora y piensa. De lo temprano que se pone el sol los domingos. De lo tarde que se nos hace a veces cuando más nos vestimos de piedra.

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