Hasta los huesos

Hasta los huesos

Soy futbolero hasta los huesos. Pero de una generación que llegó tarde a la gloria argentina en los mundiales. Apenas, apenitas tarde. Cuando Kempes le hacía el primer gol a Holanda en el 78’ y después nos salvaba un palo milagroso -sin Papa de por medio-, yo ni siquiera había nacido. Cuando Diego gambeteaba a medio equipo inglés y -en un mismo partido, sí, es un mismo partido- se las mandaba a guardar con la mano (porque sí, contra los piratas vale), yo todavía no había largado la teta. No, yo no conocí nada de eso, a mí me lo contaron los más grandes o lo vi repetido en la tele mucho tiempo después.

Mi generación no sólo llegó cinco minutos tarde sino que además se morfó todo el sufrimiento futbolero: los primeros recuerdos no son de la alegría de un Goyco héroe frente a Italia, sino de la tristeza de haber perdido la final contra los alemanes. Aunque tengo una memoria desastrosa, a los mundiales los llevo tatuados en el corazón, quizás por eso de que el dolor deja las marcas más difíciles de olvidar: en del 94’, cuando a Diego le cortaron las piernas y perdimos con Rumania después de haber sido campeones y subcampeones mundiales; el del 98’, con el cabezazo de Orteguita al arquero y Bergkamp que nos vacunó con un golazo; el del 02’, que era “el Mundial de Verón” y nos quedamos afuera en la fase de grupos (sólo pude volver a querer a la Bruja cuando lo escuché bajarle la caña a Feimann); el del 06’, que iba a ser “el Mundial de Argentina” porque Pekerman ya había ganado todo pero perdimos por penales contra Alemania en cuartos; y el último, el del 2010, que “este sí” iba a ser “el Mundial de Argentina” porque estaba Diego y estaba Messi y el 10/10/10, pero otra vez el cuco teutón nos dejó afuera y ahora con la canasta llena.

Soy de la generación que siempre soñó con ver, aunque sea una vez, a la Argentina coronada campeona del mundo. Mucho tiempo tuve envidia de aquellos que lo habían experimentado y me pregunté cómo sería eso de llegar a la final, ganar el último partido, acariciar la copa y conservarla hasta el próximo Mundial. La copa, sí, pero sobre todo la gloria. Como vi hacer a España, a Italia, a Brasil, a Francia, a Alemania. Veinticuatro años –toda una vida, casi toda mi vida- de lágrimas y frustraciones, de enojarme y gritar y putear y sufrir con la Selección.

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Seguramente habrá quienes piensen que estoy loco o que soy un exagerado. No espero que compartan este fanatismo pero me gustaría que de alguna manera lo entiendan: el fútbol forma parte de mi historia desde que soy pibe. Quiero que sepan que cuando tenía cinco años, el del ’90 fue mi primer álbum de figuritas y el único que pude completar -aunque seguí juntando las de los mundiales hasta bastante crecidito y no me da vergüenza decirlo-. Que en la primaria, en el recreo, en cada recreo, alguno abollaba una Cepita o una latita de gaseosa y enseguida se armaba el partido en el patio, en el aula, en el pasillo, a pesar de que estaba requeteprohibido por los maestros. Que cuando cumplí ocho me regalaron un maravilloso Subbuteo y hasta hace poco lo conservé. Que cuando tenía nueve, mi viejo me llevó por primera vez a la cancha, la misma a la que lo llevaba mi abuelo -jugador de San Lorenzo-, diez lustros antes. Que esa vez vimos a su River dar la vuelta y que unos años más tarde, también en el Monumental, estuvimos juntos pero en la tribuna de enfrente la tristísima noche en que mi Platense descendió al Nacional. Que timbeamos juntos al PRODE –y mi viejo una vez casi lo gana-, que armamos equipo compartido en el Gran DT cuando se jugaba con papel (aguante Nacho González, el arquero que hacía goles), y que varias veces hasta nos desafiamos en el Goal! del Family. Que mi undécimo cumpleaños lo festejé en una canchita. Que cuando entré en la secundaria y me enteré que en Educación Física no había fútbol fue uno de los días más tristes de mi vida. Que desde hace años y años y años cuando veo una pelota instintivamente tengo que tocarla, sentirla, patearla, pasarla: no importa si es en la calle, en la plaza, en la canchita de cinco o en la de once, en un metegol, en la Play, en la compu o en los fichines. Porque para mí el fútbol no son veintidós tipos corriendo atrás de un balón. No señores, es una pasión que me acompañó toda la vida y me trae de vuelta la infancia y a mi viejo; a todas mis alegrías y mis tristezas. Mi historia entera.

***

Este Mundial se me hizo difícil porque no estoy en el país desde hace más de tres meses, cumpliendo un viejo deseo que finalmente se hace realidad. Es la primera vez que me toca vivirlo desde afuera. Seguí cada partido de la Argentina en un lugar diferente, en una ciudad diferente, en una situación diferente -en la casa de un familiar lejano, en algún bar de buena o mala muerte, en mi computadora cuando no lo pasaban por la tele-. Empecé sufriendo y desesperándome como de costumbre, con cada jugada, con cada finta, con cada patada y con cada gol. Pero enseguida me sorprendí al observar que, al contrario de lo que comúnmente sucede, a medida que pasaban los encuentros estaba un poco menos nervioso, un poco menos enloquecido. Hasta la semifinal con Holanda pensaba que esa baja gradual de la ansiedad sólo podía obedecer a la resignación de estar lejos del hogar, la familia y los amigos y no poder compartir la emoción de los partidos y los festejos luego de cada victoria.

Estaba equivocado. Y lo descubrí mientras seguía por Internet las entrevistas a los jugadores y la fiesta en las calles del país después de derrotar a la naranja: me sentía siempre más y más tranquilo porque se me estaba cumpliendo un sueño; lo que yo quería era ver aunque sea una vez a una Argentina gloriosa y coherente con su riquísima tradición futbolera. Esa que me contaron los más grandes y a la que llegué cinco minutos tarde pero que, internamente, sentí toda la vida. Y a medida que pasaron los partidos la fui encontrando: vi a la Selección ir de menor a mayor, a un grupo disperso de jugadores que parecían distraídos y apenas convencidos transformase poco a poco –con, fe, con laburo, con ganas- en un verdadero equipo con todas las letras, solidario, sólido y valiente; me emocioné con la zurda mágica del diez que nos hizo delirar en cada gambeta y en cada disparo; grité tanto ese gol de Fideo a los suizos a dos minutos de terminar el partido que me quedé con un hilo de voz ronca; enloquecí cuando la estrella goleadora del Pipita reapareció en el momento más necesario; agradecí y honré hasta al cansancio al león que nos cuida la defensa desde hace seis finales; me conmoví hasta las lágrimas con ese arquero tan enorme como humilde que le atajó dos penales a Holanda. Y entonces me acordé de mi viejo, de mi infancia, de mi historia, de mis amigos. De esta Argentina, como yo, futbolera hasta los huesos. Y me sentí profundamente glorioso.

Ya estamos en la final y podemos ser campeones. Ojalá seamos campeones. Cuando el domingo los jugadores salgan a la cancha voy a estar más tranquilo que nunca, como si fuera un amistoso. Porque, para mí, pase lo que pase, la gloria ya la alcanzaron. Y con eso me cumplieron un sueño de toda la vida.

2 comments

  1. No sé si en alguna parte del blog te avisa cuántas veces fue visto un artículo, no presté demasiada atención a lo que estuviera alrededor de tu texto, por so me aseguraré de que sepas que al menos lo he leído al dejarte esta respuesta.
    Recientemente redescubrí Orsái, y en uno de los comentarios descubrí este artículo personal. Lo leí casi al completo ese día, pero algo me hizo salir del PC cuando me quedaban los últimos dos párrafos; tampoco recuerdo qué fue eso que me alejó de esta lectura.
    Hoy, ya consumadas la gloria y la derrota en partes iguales, deleitantes y apabullantes también… Siento que debí haber terminado de leer esto ese mismo día que lo encontré.
    No tiene nada que ver con algún “destinismo” ni esas supersticiones futboleras de un hincha. Eso sí, puedo decir que me ha emocionado tu texto, muchas de las cosas que narras me pasaron a mí análogamente. Nunca igual pero el sentimiento fue y es el mismo: sentir que el fanatismo por un deporte se puede convertir en eternidad por esos animales y humanos, los 23 más Pachorra y cuerpo técnico, que nos representaron al país entero (y a los argentinos que vivieran en otros lugares).
    Curiosamente cultivé una costumbre de estar siempre tranquilo en los partidos, nunca descentrarme por un exabrupto típico y hasta estúpido por acciones aisladas durante el juego. Sólo rompía a gritos y/o llorar cuando la tensión fue insoportable, Suiza, Holanda, Bélgica, Alemania. Fueron infartanes los encuentros de fase de grupos, mas la segunda ronda en donde se deja la vida y la muerte de un equipo en el mundial, eso me hacía hervir la sangre de la emoción. Así y todo mantuve mi tranquilidad. Rompí el hábito durante la final, me saqué de mis casillas unos 5 segundos por decisiones arbitrales; a la par, fue el único partido del mundial que vi con mis amigos más cercanos (los otros 6 estuve con familia o completamente solo en una ocasión).
    No tengo cábalas, no son de mi completo agrado sin embargo las respeto dentro de lo correctas que sean, ni tampoco me hago mucho la cabeza si debí hacer o no, tal o cual cosa.

    Soy un escalón abajo de tu generación, ni siquiera tuve la oportunidad de gritar un gol de Maradona porque era un niño ignoto al mundo en ese golazo en el 94′, y por suerte no viví la angustia en vivo y en directo cuando la sonrisa de la enfermera se llevó al 10. Jamás experimenté un partido del 78′, 86′ ó del 90′ por no haber venido al mundo un par de años antes (mis respetos a los que recuerdan y aún respiran el del ’30). No quise ser aficionado durante USA, Francia ni Corea/Japón, todavía era un niño que la palabra “fútbol” sólo me evocaba encuentros en las calles de tierra con mis vecinos hasta las 3 de la mañana, y nada más. Me amargué en 06′, fue injusto y aún lo sigo creyendo así, me avergoncé en el 10′ cuando el 10 no metió ni un gol y también lloró desconsolado, y el otro 10 de traje y corbata era un insulto mismo a la historia de los DTs argentinos.

    Hoy más que nunca me gustaría ver a Pekerman de nuevo, sin sentar a Messi todo el partido contra los alemanes. A Bielsa redimirse del peso de sus aflicciones (que leo hoy en día) en esa negra época de salir eliminados en fase de grupos. A Tata Martino si logra imponerse con orgullo en Europa o cualquier otro continente donde vaya a dirigir (por favor, que no sea en Oceanía). A Cholo cuando no tenga más pelo y sea un sabio viejo, fiero y aún de traje y filosofías que comparto.

    Sin importar qué pase en el futuro (bueno sí, me niego a que se hospede el 2030 entre Uruguay/Argentina, si las cosas siguen igual de mal en la política argenta (aplausos para Mujica, que continúen así)), quiero volver a ver a un equipo conformado por animales y humanos, partiéndose el alma en la cancha, dirigidos por un líder de traje y corbata que valga la entera pena. Que todos los del equipo sean capitanes y se den aliento mutuo y consistente.

    Y si hay otra Argentina jugando en la final de un mundial de fútbol durante los años que me restan por vivir, bienvenida sea mientras haya llegado con pasión, la cuota de buena suerte, la concentración y la fe de los jugadores en ellos mismos; limpiamente sin dictaduras ni manos de dioses paganos. Que no se cuestione lo logrado por haber sido justos y directos. De eso estoy más que orgulloso de este Brasil 2014, el equipo de mi país hizo lo que pudo en sus piernas y convicciones (y las gloriosas manos del “heroyco” Romero (derechos y felicitaciones a Olé por el excelente apodo)).

    Me pasé de largo con esta mera respuesta a un excelente post en un blog de internet. Perdona si te aburrí, mis dedos y cabeza me controlan demasiado.

    Muchas gracias por dejarme leer, y leer. Buena suerte y éxitos, señor bloguero.

    • Gracias por el largo texto Pavlov, la idea es que el blog sea un lugar de intercambios así que buenísimo que te hayas explayado a tus anchas.

      Para mí el mundial fue muy especial y muy distinto a todos los otros que viví. Seguro influyó la lejanía al hogar; los días previos a la final miraba la fiesta futbolera en el país y me sentía súper lejos. Seguro fue mágico poder compartir ese hervir de la sangre que nombrás, esa locura que solo nos puede sacar el fútbol, con los amigos y los más cercanos. Lo lindo de la pelota es que tiene algo que seduce y cautiva más allá de la razón.

      No importa el resultado, sino lo que cada uno experimentó. La copa tarde o temprano va a volver a casa. Yo creo que Sabella y estos jugadores -animales y humanos- marcaron un nuevo camino posible. Si se mantiene y se respeta vamos a llegar de nuevo a algún lado. Sin dictaduras ni dioses paganos.

      Un saludo grande.

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