Gissi

Gissi

Gissi es un pueblito en el medio del Abruzzo, ahí donde el Apennino –la columna vertebral montañosa que de norte a sur da vida a Italia- se hace colinas cosidas de a retazos verdes, amarillos, violetas y grises: son olivos, viñedos, campos de trigo o frescos bosques de pinos y robles. Al este se ve a lo lejos el mar, azul y brillante, que se desdibuja los días brumosos; al oeste, como una escenografía inmóvil, se recortan contra el cielo las crestas cubiertas de nieve de la Majella.

El pueblo está trepado a una de las numerosas colinas de yeso -de ahí su nombre-, aferradísimo desde hace siglos con las garras y la paciencia que da el tiempo. Hay toda una zona de casas muy antiguas, donde las callecitas se apretujan y se transforman en recovecos que suben y bajan, y pasan por debajo de arcos que son viviendas, y se hacen pasajes tan estrechos que solo se pueden atravesar en fila india, y algunas veces también se hacen escaleras, y otras se hacen terrazas. Detrás o al costado de muchas casitas hay pequeñas quintas centenarias donde no faltan los tomates ni los árboles frutales: duraznos, ciruelos, damascos, higos.

Gissi araña los tres mil habitantes, pero no llega. Como la gran mayoría de los poblados italianos poco a poco se vacía: se van los jóvenes y se quedan los viejos, pero el pueblo sigue; no lo bajan ni los temblores ni los desplazamientos de tierra. En la plaza principal -que no es cuadrada sino una especie de triángulo isósceles en cuyo lado desigual se ubica la iglesia- hay varios bancos donde los viejos se sientan a toda hora, solos o en grupo. A la sombra de los mismos árboles hablan de las mismas cosas o callan y miran el mismo cielo o a los mismos transeúntes. Se susurran intrigas de amores y de traición, historias de antes de la guerra, relatos de gentes emigradas a lugares lejanos y desconocidos. Cada media hora, como recordando que el tiempo ahí también transcurre, se escuchan las campanas de la iglesia. Los domingos las campanadas son distintas y cantan canciones; tal vez hay fiesta, un casamiento, o tal vez aquella misa es más importante. Entonces los ojos y las arrugas y las manos llenas de marcas lloran todos juntos porque la emoción los rebalsa.

En tres o cuatro lugares alrededor de la plaza, sobre las calles que la rodean, hay carteleras metálicas ocupadas completamente por anuncios: son las necrológicas de Gissi. Allí se juntan y se superponen los nombres y las caras de los difuntos. Los anuncios son parecidos pero no idénticos: cambia la tipografía, el tamaño de la foto, el subrayado, la posición del apellido en el esquema. La variabilidad controlada permite mantener el equilibrio mínimo que el acto de la extinción exige –dicen que frente a la muerte somos todos iguales-, y al mismo tiempo garantizar una cuota suficiente de individualidad, algo que justifique que una biografía entera –única, particular, especial- pueda entrar así nomás en un papel de veinte por treinta que se descolora con cada sol y se arruga con cada lluvia.

Pero ahí donde la sociedad avergonzada establece reglas como para minimizar el caos que ella misma produjo, el azar no perdona y añade su porcentaje de desequilibrio. Porque los anuncios no tienen una fecha máxima de permanencia y se pisotean unos a otros con el pasar de los días: los de algunos desdichados estarán a la vista de todos durante apenas una semana, mientras que los de otros -tal vez con más suerte en muerte que en vida- permanecerán algunos meses hasta que, tarde o temprano -nadie escapa a la muerte de la muerte-, se agote un nuevo aliento y un nombre fresco venga a pegotearse sobre su memoria.

A unos metros nomás, en la plaza, los viejos no piensan en todo esto –o no lo dicen- y si no llueve vuelven a ocupar sus bancos. Entonces hablan de las mismas cosas o callan y miran el mismo cielo o a los mismos transeúntes. Muchos regresaron a Gissi después de haberse ido con sólo un atadito al hombro, hace más de cincuenta años. Volvieron al pueblo cruzando mares y océanos, atraídos por el irrecusable llamamiento de las raíces. Volvieron para recorrer -algún día, en un instante impenetrable- la distancia minúscula que separa los bancos de los carteles que esperan oxidados al otro lado de la calle. Volvieron para morirse acá, en Gissi, donde los lustros pasaron lentos, pero el vino sigue dulce, la tierra generosa y el cielo, hoy, brilla límpido y cristalino.

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