El Monteagudo

El Monteagudo

Sentado en la cama, José dibuja. Traza unos firuletes elegantes con un lápiz que no es tan negro como sus ojos. Con esa boina dada vuelta, la barba rala y los cabellos azabache hasta los hombros, parece el “Che” Guevara, aunque la cara chupada y llena de arrugas le dan también un aire de Don Ramón cordobés.

José dibuja y, sin quitar la mirada del papel, cuenta que perdió la pierna izquierda a los nueve, cuando la policía lo tiró del tren, y el brazo izquierdo hace nueve, a los 42, cuando era el brazo o la vida. Así y todo, es un privilegiado: tiene más cosas que la mayoría de los habitantes del Centro de Integración Monteagudo. Ahí nomás yacen todas ellas: una tele blanco y negro siempre encendida, muchas zapatillas diestras, un par de muletas, algunos lápices, un cañito de cobre relleno de pasta base.

José también dibuja para olvidar y, cada tanto, como para ayudarse en esas tareas —dibujar, olvidar—, fuma un pipazo de paco. Entonces, una nubecita química inunda ese ángulo del galpón, donde hay otras 119 camas dispuestas en filas y columnas.

El Monteagudo es un hogar para hombres ubicado en Monteagudo 425, Parque Patricios, y está abierto las 24 horas para recibir a varones de entre 18 y 60 años que no tengan donde dormir. Lo gestiona la ONG Proyecto 7, fundada por Horacio Ávila, un tapicero que en 2001 perdió todo y quedó en la calle. No importa la temporada: el Monteagudo casi siempre está a tope y es difícil conseguir lugar. Se sirven las cuatro comidas diarias y hay apoyo de psicólogas y asistentes sociales. Todos los hombres que trabajan allí —unos veinte, entre encargados, cocineros y limpieza—, son internos del hogar y cobran un sueldo.

—La calle es mi vida, mi escuela, pero estoy cansado —dice José, que nunca aprendió a leer ni escribir y para contar por cuántos institutos de menores, por cuántos penales pasó, hace rayitas en un papel: son siete y siete—. Lo único que pido son cuatro paredes, unas chapas, un arbolito y la cucha para el perro. Para vivir ahí.

 

Al Monteagudo se ingresa por un portón que dice, en grandes letras rojas sobre fondo blanco, “LA CALLE NO ES UN LUGAR PARA VIVIR, NI PARA MORIR”. Un corredor central atraviesa todo el espacio: a mano derecha está el comedor, pintado de un rosa espantoso, con una tele encendida y algunas mesas de plástico que tuvieron mejores años; a mano izquierda está el acceso a las oficinas, al baño, a la cocina. El espacio tiene continuidad absoluta: los internos se mueven de aquí para allá sin más límites que alguna que otra puerta cerrada dependiendo del horario.

Las camas cuchetas están al final, allá donde se abre un área de quince por treinta metros cubierta por un alto tinglado de zinc del que cuelgan varias lámparas de bajo consumo. A los costados del pasillo se deshacen en tiempo y óxido dos hileras de lockers que nadie usa. Casi todo está destruido y casi nada está duplicado: ni sillas ni mesas ni mantas ni cubiertos ni nada; la unicidad es la marca del deshecho, de lo que sobra, de lo que se pudo juntar.

En el hogar se respira una libertad rara: pastosa, oscura, contradictoria. Tiene algo de pabellón carcelario: hay que saber con quién hablar, de qué manera y, al mismo tiempo, se adivinan solidaridades a prueba de balas. Es un universo armado de mundos humanos infinitamente diversos, que conviven como pueden: el laburante que dejó en la calle el menemismo, el pibe que cayó en el paco, el viejo que ya no tiene familia, el muchacho que salió del penal con una mano adelante y la otra atrás. El cigarrillo funciona como principal divisa de entendimiento y de cambio.

En el Monteagudo se respira también, en cada rincón, el penetrante olor de la calle.

Juan Leal tiene 56 años y dirige el hogar. Fuma y fuma y habla con voz suave, pero es interrumpido cada dos por tres porque siempre aparece algo para resolver, como ahora, cuando llega un policía y le pregunta dónde llevar a una señora que encontraron sola, en silla de ruedas, deambulando por la ciudad. “Tienen que hablar con el BAP, llamar al 108”, explica el director.

Buenos Aires Presente (BAP) es el programa oficial porteño para auxiliar a las personas en situación de calle y derivarlas a diferentes paradores. Pero el Gobierno no parece tomarse muy en serio la cuestión. Por lo pronto, aún no aprendió a contar: desde 1997, cuando empezó a censar a los sin techo, ignora a las numerosas organizaciones sociales que registran cifras mucho mayores a las oficiales.

Este año, con la participación de unas cuarenta organizaciones sociales, políticas, estudiantiles, el Ministerio de la Ciudad y más de cuatrocientos censistas, se realizó el Primer Censo Popular de Personas en Situación de Calle (PSC). Los números revelaron lo que se pretende ocultar: el PSC detectó al menos 4394 personas en esa condición, que contrastan con las 1066 contabilizadas de forma oficial. La situación se agrava por la pasividad estatal ante la especulación inmobiliaria: ya en 2010 el último censo poblacional daba cuenta de unas 225.000 viviendas vacías en la ciudad.

Leal dice que, además de falta de voluntad política para resolver el problema, hay muchas trabas burocráticas. Algunas se vuelven grotescas:

—Si no tenés DNI, el BAP no te lleva. Pero el que está en la calle no tiene nada.

El director sabe de lo que habla. Después de perder su trabajo de muchos años, porque las fábricas y los noventa, se dedicó a la venta informal en la vía pública. Era una buena entrada de dinero, dice, pero la mano dura del gobierno porteño con los manteros acabó por arruinarlo. Colapsado por las deudas y el consumo problemático de uno de sus hijos, terminó bajo una arcada de la cancha de Huracán.

—Yo estaba en la calle hacía cuatro o cinco meses, pero en un momento perdí la noción del tiempo y del espacio. Lo que pasa es que te enajenás.

Un día llegó al Monteagudo, donde lo recibieron con una taza de mate cocido, le permitieron darse un baño y le dieron una cama. Con el tiempo, al compartir sus angustias con las asistentes sociales y con sus compañeros de vivienda, empezó a sentirse mejor y levantar cabeza. Después surgió la posibilidad de trabajar como encargado y, a principios de este año, de convertirse en director. El hogar que administra es flexible y no tiene requisitos para aceptar internos. Bastan un par de reglas: “A medianoche se cierra el portón; quien quiera salir puede, pero hasta el día siguiente no entra nadie. Y el comportamiento: respeto, compañerismo y no robar”.

—Este espacio es algo nuevo para mí y varias veces estuve perdido como director —confiesa Leal—. Para ayudarme, Horacio Ávila me dijo: “Caminá por el pasillo, subí la escalera, mirá para abajo y fijate qué descubrís”.
—¿Y qué descubriste?
—Que cuando ves las carencias del otro, descubrís amor donde no existe.

 

Suena un timbre de recreo: son las 16:30 y es la hora de la merienda. Uno de los encargados acerca al comedor una bandeja llena de pan y un par de jarras con mate cocido. En una mesa, tres chicas muy UBA intentan sus prácticas de Trabajo Social:

—Todos los jueves, como hoy, vamos a dar un taller de fanzine. Es como una revista y pueden hacer los dibujos, cómics, cuentos o poemas que quieran.

Son pocos los que se acercan a participar. Una de las estudiantes cuelga un papel afiche blanco en la pared y escribe dos títulos, “CALLE” y “MONTEAGUDO”, bajo los cuales anota lo que va proponiendo el grupo. Al rato, debajo de “CALLE” no hay nada, pero “MONTEAGUDO” ya acumuló varias acepciones: Refugio, Ayuda, Casa, Arte callejero, Escuela de aprendizaje y Reconstruirse como ser humano.

—El Monteagudo es un lugar de mierda —resume un pibe joven—, pero es mi lugar.

Con el pelo cortado al ras y prolijamente afeitado, a Gabriel hoy no le interesa el taller. Desde una mesa cercana, prefiere compartir su historia de quien “estuvo muy mal y ahora puede contarlo”. Una tarde, a los doce años, volvió a su casa en Maquinista Savio y encontró a su padre abusando de su hermana, que tenía trece y síndrome de Down. El hombre lo ató a una silla y lo obligó a mirar durante horas. Cuando pudo desatarse y quiso defenderla, el padre le disparó un balazo que aún carga en el cuerpo —sacárselo era correr el riesgo de dejarlo inválido, dijeron los médicos. Del hospital, Gabriel corrió a lo de su abuelo, un transa de Bajo Flores, le robó un arma, volvió a su casa y gatilló tres veces su venganza. El padre sobrevivió y cuando llegó la policía los llevó detenidos a ambos, pero los liberó a las pocas horas.

—Yo me quedé mirando al comisario y le dije: “¿Dónde está la Justicia?”. Volví a casa, agarré lo que tenía de valor y me fui.

Después, un mundo cuesta abajo y bastante mala suerte: conocer el paco, la rancheada en Constitución, vender lo poco que tenía para seguir consumiendo, andar de hogar en hogar, de villa en villa, de changa en changa. Gabriel lo cuenta todo con un cigarrillo en la mano derecha que no encenderá jamás, la misma en la que lleva un anillo que, dice, tal vez sea su salvación: hace tres meses empezó a salir con Celeste, una chica que está en otro parador, y quiere hacer las cosas bien.

Las historias que se escuchan en los pasillos son todas diferentes, todas brutales, pero las atraviesa un lugar común: la falta del Estado para impedir que algo ocurra, para acompañar cuando algo ocurre, para paliar cuando ya ocurrió.

 

Miguel Ángel, “Tuqui” para los amigos, acaba de terminar sus fideos con salsa de pollo y enciende un cigarrillo de sobremesa. Cuenta que, para sobrevivir, desde hace años pide monedas en la zona de la Biblioteca Nacional y que dentro de poco presentará una película sobre la historia del Monteagudo. También escribe poemas, y los vende en la calle en forma de fotocopias abrochadas. Jura que antes que poeta es borracho y muestra un ejemplar de la revistita.

El poema titulado “Hombre” dice así:

Larga esperanza/ la del hombre pobre/ agobiado por un mundo/ que lo acosa y lo margina./ Y la noche/ es noche cerrada/ en el campo,/ en la villa,/ y el barro se hace parte de él/ y lo cubre/ y lo endurece/ y sus manos son de hierro y hacha,/ madera y cal,/ curtidas y amables./ […] Hay un niño/ que llora descalzo/ en una puerta,/ mientras quince años/ de una adolescente/ pierden su inocencia,/ para calmar el hambre/ y se sigue adelante/ porque no queda otra/
solo hay una esperanza,
una larga,
larga
esperanza.

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