Catalunya: diferente pero igual

Catalunya: diferente pero igual

En Barcelona florece la diversidad. En cada barrio, en cada calle, en cada esquina. Sus habitantes son de todos los colores, tamaños y sabores disponibles. Los hay altos y flacos, petisos y gorditos, con y sin gafas, usando barba o bigote o rastas o todo a la vez. Los hay católicos, protestantes, judíos, musulmanes, ateos y también varios de esos que siguen su propia religión. Unos remontan su herencia catalana por generaciones y generaciones cual barrilete amarillo y rojo que se pierde en el tiempo; otros descienden de inmigrantes de otra región de España que al promediar el siglo cambalache fijaron residencia aquí escapando de algún quilombo ibérico; otros –muchos otros–  son latinos o africanos o asiáticos que cruzaron estepas y charcos en busca de una tierra generosa donde plantar bandera y armar un bolichito.

Al fin de cuentas, en la ciudad de Gaudí, semejante trencadís de nacionalidades y aromas policromos era de esperarse. Barcelona es una de las mayores capitales culturales del mundo y, como tal, es en esencia cosmopolita. Pero sorprende observar que todo lo anterior excede por completo a la urbe para caracterizar a la Catalunya entera. En ciudades más pequeñas como Manresa, Girona e incluso en Vic –la Catalunya profunda y orgullosamente independentista– o en Cadaqués –esa postal de casitas blancas sobre el mar en la que vivió Dalí–, basta con salir a dar una vuelta para encontrar mujeres vistiendo burkas, descubrir que pululan los locales de kebab atendidos por pakistaníes y los enormes bazares comandados por inmigrantes chinos, cruzar grupos de negros subsaharianos que charlan en una esquina o escuchar al pasar una frase en un español de inconfundible acento latinoamericano.

Catalunya es así, una especie de rinconcito del mundo donde el mundo se manifiesta entero y maravilloso. Tan compleja y variopinta es, que parece difícil encontrar una categoría en común para describirla. Y sin embargo la hay: la argamasa universal que mantiene unidos a los más disímiles en este loco mejunje se llama Barcelona F.C.

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Cuando juega el Barça, Catalunya se paraliza y, coqueta, se viste entera de azulgrana.

Desde el día anterior se ve a los paisanos ansiosos, nerviosos, preocupados. Y también a las paisanas. Andan todos raudos de aquí para allá comentándose la formación que saldrá al campo, las últimas lesiones, los jugadores que no van a poder estar. Es que mientras para el resto del mundo el club es esencialmente un compendio de estrellas millonarias que –casi siempre– garantiza un buen espectáculo, para los catalanes el Barça expresa una manera catalana de ser y estar en el mundo. Y por eso ir al Camp Nou significa darse una vuelta por algo así como un gran camping familiar, un lugar donde se encuentran las distintas generaciones y no importa la edad ni el sexo ni la procedencia. Se canta, se agitan banderitas azules, rojas y amarillas, se sufre y se disfruta, pero –sobre todas las cosas–  se vive a la catalana. El Barça está asociado a la nobleza y al juego limpio como valores principales y el aficionado culé ansía –necesita desesperadamente– que el equipo juegue bien. Que mueva la pelota, que ande a los toques. Que acorrale al rival de a poco, que vaya inclinando la cancha. Que tienda sutil e invisible la telaraña alrededor del arco contrario. La gloria, después, va a venir sola. O no, pero el público se irá del Camp Nou satisfecho porque se respetó la tradición.

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Cuando juega Barcelona, las líneas uno tres y cinco del eficientísimo metro por única vez colapsan de gente y no cabe ni un alfiler. En los bares con pantalla de LCD no hay sillas disponibles y en las casas las familias están reunidas frente al televisor.

Entonces Messi se la toca a Fábregas en el círculo central, y ya no interesa la crisis, ni si se llega a fin de mes, ni la pelea con Madrid por la ley Wert y el presupuesto, ni los orígenes de los distintos habitantes, ni si se vive con o sin papeles en esta tierra de la buena comida y el buen sol; ya ni siquiera importa si al final del encuentro será una victoria o una derrota. Porque ahora está jugando el Barça y no hay forma alguna de escapar a ese hechizo que nos convierte a todos en catalanes de pura cepa durante dos maravillosas horas.

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