Abre los ojos

Abre los ojos

Abre los ojos. Los objetos en penumbras empiezan a cobrar forma a medida que los recorre con la mirada. La fiebre hace la tarea más difícil y empalagosa, y no le permite distinguir con claridad dónde termina el sueño y comienza la vigilia. Como para aferrarse a algo firme y seguro, persigue la línea oblicua que traza la viga maestra sobre la que se apoya una de las alas del techo, hasta la esquina, donde un ángulo negro acaba con cualquier incipiente certeza. Todo a su alrededor es vaporoso, una pesadez infinita yace sobre las sábanas transpiradas. Los números verdes del reloj digital sobre la mesita de luz marcan las tres y dieciocho. Se queda observando las placas horizontales de machimbre del cielorraso e intenta imaginar los detalles que la noche y el sopor insisten en arrebatarle: algún nudo de la madera que la mano sabia y fuerte del carpintero limó, una elipsis oscura del tronco del árbol sacrificado para que él duerma a cubierto, la cabeza de un clavo, gris, sobresaliendo allí justo donde los tirantes se encuentran con la viga transversal.
Ahora ya volvió en sí pero hay algo de frenético y trémulo en esa fiebre que lo lleva por parajes desconocidos e inesperados. Se acuerda de Lucía. Todos estos años de jugar los dos a que nunca pasó nada, a que el tiempo estampó una distancia insalvable entre dos cuerpos que supieron peregrinarse adolescentes y desnudos. Piensa en la última tarde que se encontraron, hace más de un mes, y en las vaga excusa de ella para juntarse: que necesitaba una ayuda para la contabilidad de su empresa, como siempre. Claro, son excusas, si le podría haber pedido lo mismo a cualquier otro contador y ahorrarse la atmósfera engatusadora que se yergue sobre ellos toda vez que están juntos en algún lugar. Se pregunta cómo no lo pensó antes, cómo no se dio cuenta y se siente increíblemente estúpido. La fiebre no quiere dar tregua ni en la boca seca y maldice no haber dejado un vaso con agua al alcance de la mano. Esa última tarde en que acudió a ayudarla, en el departamento de Lucía el aire se cortaba tenso y carnal. Varias veces, entre el revuelto de asientos contables y papeles varios, él estuvo a punto de arrebatarle un beso a unos labios que se presentían tan tibios. Pero no se animó; de nuevo, no se atrevió a decirle nada a esa mujer que lo humilla y lo somete con su sola presencia. Lucía, una infinita tristeza azul adentro de un cuadro cálido y familiar. Lucía, ante quien se siente una antigua estación de tren, agradable, sí, tal vez, intrigante, bueno, un poco, pero sobre todo efímera y perecedera; una estación que en seguida ella dejó bien atrás con su despabilado tren de experiencias.
Ahora piensa en el trabajo y en los compañeros de la oficina. Todos los días nueve horas encerrando su alma de hombre libre en el mismo lugar desde hace muchos otoños, los suficientes como para tener que meditar un rato antes de recuperar el número exacto. Dieciséis. Llegar, sentarse frente a la computadora y hacer cuentas, trámites, funciones repetidas. Afuera llueve o hay sol o viento o hace frío. Se hace la una y se levanta para el almuerzo en el comedor compartido, donde alguien cuenta un chiste o cuchichea una noticia del diario o la televisión. Hablan de política, de fútbol y de mujeres de la farándula o, si el campeonato ya terminó, de alguna película con efectos especiales espectaculares. Se tragan la información que el mundo les asigna ya procesada, masticada y condimentada. Idiotas. Está cansado de los años de soledad y aburrimiento y la fiebre todavía no cesa, especialmente en ese latir irritante de las sienes que no tiene pausa. Con cada bombeo minúsculo de sangre de las venas de la cabeza se le viene encima el planeta entero. Opresor, maligno y asfixiante.
Los hombres se dividen en lobos y corderos, siempre lo pensó así. Hay lobos, esos que se llevan todo por delante e imponen sus condiciones y su voluntad a los demás y a la historia. Grandes hombres. No importa si son crueles, egoístas, enfermos en su propia sed de avalanzarse sobre el resto; grandes hombres que atraviesan la vida, que agitan cosas y trazan a conciencia su propio destino. Y también están los corderos, esos que permanecen a la zaga y dan lástima, los que dejan de lado sus deseos más profundos para observar a la vera de la envidia el camino triunfal de los lobos. Él es un cordero y lo refuerza en cada pequeña decisión cotidiana. Como cuando no se le anima a Lucía. Y seguro que ella, en su modo único y avispado de pensar el cosmos, valora a los hombres que van de frente, a los lobos. Lucía vive rodeada de lobos. Sí, por supuesto, cómo no lo pensó antes; la próxima vez que la vea se va a cagar en sus dubitaciones ovinas y ella va a sorprenderse y sonrojarse y va a festejar su atrevimiento y se le va a marcar el hermoso pocito de la mejilla izquierda que la vuelve aún más linda y cautivadora. Y qué importa si le dice que no y le niega la boca, si lo poderoso es probar: convertirse en lobo aunque sea por un rato. Además, algo en la fiebre insinúa que quizás sea para siempre: tal vez dar el primer paso lobuno, más allá del resultado, es garantía de adquirir garra y colmillos perpetuos, un pelaje sedoso y brutal con el que dominar a la humanidad. De hecho ni siquiera va a ir al trabajo, lo va a dejar sin tomarse la molestia de mandar un telegrama de renuncia. Que lo echen, a los lobos los echan, los corderos son los que renuncian. Mañana no se va a levantar, se va a quedar en la cama descansando de esta fiebre insoportable que ya amenza con volverlo loco, y que lo echen. Si total como el lobo que es tiene la capacidad de encontrar a dentelladas otro trabajo que le guste mucho más. Claro, un trabajo donde los corderos se rindan a su superioridad dictada por la naturaleza. A Lucía le gustan los lobos y también los besos como a toda mujer, cómo le va a decir que no. Y ¡cuántos besos habrá después de venir acumulándolos durante años! Es obvio que ella también lo desea y que no se va a resistir al ataque de un hombre-lobo. Con pelaje, garras, comillos y todo. Si ahora hasta coje como un lobo, se aparea animal, furioso y abrasador. Como la fiebre, que no arrecia ni se detiene. Cuando el jefe lo llame para preguntarle por qué no se presentó lo va a mandar a la mierda. Le va a decir que le importa un huevo este trabajo. Que le da para mucho más. Que encontró algo mejor. Qué bueno volver a hacer el amor con Lucía. Recorrerla entera, deliciosa, temblorosa y transpirada. Como la fiebre. Volver a aparearse con Lucía. Seguro que encuentra otro trabajo. Boca arriba con Lucía. Una tarde entera y temblorosa. Deliciosa y transpirada. Otro trabajo con fiebre. Lucía…
Abre los ojos. La violenta claridad que penetra las ventanas y el irritante sonido del despertador lo despabilan rápido, lo encienden en cuestión de segundos. No quedan casi rastros de la fiebre nocturna, tan sólo las sábanas apenas húmedas todavía. Se levanta y tiende la cama. Acomoda concienzudamente las almohadas y alisa con la mano las arrugas que quedaron sobre el acolchado. Después toma una ducha rápida y enseguida se viste con la camisa, el pantalón y el saco que lo esperaban prolijamente doblados sobre el respaldo de la silla desde la noche anterior. Sale apurado a la calle, nunca es bueno llegar tarde a la oficina.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *